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XV Campeonato "Estados Unidos 1994" |
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Brasil y un festejo sin brillo Al final, el fútbol aterrizó en los Estados Unidos. Y tuvo un recibimiento espectacular. A la medida del País, y a la medida del acontecimiento. Con todo listo, el único que faltó inesperadamente a la cita fue el buen juego. Y tanto se sintió la ausencia que, por primera vez, un Mundial se definió con tiros desde el punto del penal. Si la idea era presentarle al público estadounidense un juego atrapante y pleno de emoción, la definición de la final, más allá de la incertidumbre que provocó, no colaboró para "vender" el fútbol en un país de reconocida cultura comercial. Antes de ese último partido, el Mundial dejó muy poco para resaltar. Apenas la ilusión argentina que se quedó sin piernas cuando empezaba a caminar con muchísima firmeza; atrevimiento en la sorprendente y hasta ahí casi desconocida Nigeria; una selección brasileña extraña, con más oficio que brillo; la difícil de catalogar Italia, que a punto de caerse consiguió mantener el equilibrio hasta el instante final y dependió demasiado de los humores de Roberto Baggio; el inexplicable fracaso de Colombia, que había llegado a los Estados Unidos con el cartel de favorito por sus antecedentes inmediatos, y duró muy poquito; la incomprensible Suecia, capaz de agrandarse contra algunos y achicarse contra otros; la silenciosa despedida de Alemania, tan acostumbrada a quedarse en los Mundiales hasta los últimos días; la indefinición de España, con buenos jugadores, pero sin rollo para despegar; la fuerza búlgara para voltear favoritos... demasiados grises para un solo campeonato en el que mandó lo opaco en la cancha y las luces estuvieron afuera de los campos de juego. Si Brasil alcanzó el tetracampeonato 26 años después de haberse quedado para siempre con el trofeo Jules Rimet en México 70 (también en una final contra Italia), fue solamente porque no se equivocó tanto como los demás. Eso sí, el campeón del 94 no se pareció en nada a los que ganaron los trofeos con Pelé en sus planteles. El técnico Carlos Alberto Parreira quemó los libros de historia del fútbol brasileño y diagramó un equipo para el que la premisa era mantener el cero en su arco y a partir de ahí buscar la ventaja. Para eso plantó a Mauro Silva pocos metros delante de la defensa y casi lo juntó con los marcadores centrales. Arriba, entre Romario y Bebeto le salvaban el pellejo a Parreira y hacían avanzar a Brasil, con todas sus dudas a cuestas. El camino de Italia hacia la final tuvo bastante de fortuna. Después de perder en el debut contra Irlanda, pasó a los octavos de final gracias a la diferencia de gol. Más adelante, sufrió contra Nigeria, España y Bulgaria para alcanzar el partido decisivo contra los brasileños. En la final del campeonato, 95000 personas se quedaron esperando en las tribunas del Rose Bowl. De Los Angeles, el gol que nunca llegó. La emoción apareció disfrazada de penal. Pero a esa altura, el Mundial ya estaba definido para el público estadounidense, más acostumbrado a los play offs de la NBA o al Superbowl del fútbol americano que a unos aburridos 120 minutos sin goles del fútbol tradicional.
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