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VII Campeonato "Chile 1962"

Brasil repitió el festejo

Abrazar el trofeo dorado es un privilegio y un honor difíciles de olvidar. Brasil había festejado con muchísima alegría su triunfo en el Mundial del 58 y, cuatro años más tarde, en el VII Campeonato disputado en Chile, volvería por más.

La falta de buenas comunicaciones, la apenas incipiente infraestructura turística y el terrible estado de las sedes deportivas le jugaban en contra al Mundial 62. Ante esas deficiencias, Chile debió trabajar duro. Realizó una importantísima inversión, amplió y remodeló los estadios y organizó todo minuciosamente hasta alcanzar el nivel exigido por la FIFA. En la inauguración se notó que el esfuerzo había dado resultados.

En las eliminatorias no hubo grandes sorpresas. Todos los favoritos consiguieron el pasaporte para viajar al Mundial. Las 16 selecciones participantes pertenecían a dos familias futbolísticas bien diferenciadas. El Campeonato, por la calidad futbolística de los integrantes y el sistema empleado para distribuir los grupos, iba a convertirse en un nuevo duelo entre el fútbol europeo y el sudamericano.

Argentina accedió cómodamente a la fase final. El triunfo sobre Bulgaria, en su debut en el torneo, generó entusiasmo y borró el mal recuerdo de un desempeño desastroso en el Mundial anterior. Pero el nivel de juego argentino no alcanzó. Una derrota ante Inglaterra y un empate con Hungría quebraron las posibilidades de seguir ascendiendo en busca del título.

Brasil, el favorito, no desilusionó a sus seguidores y menos aún al corazón de su pueblo. Pese a la ausencia de Pelé, lesionado en el segundo partido ante Checoslovaquia, el seleccionado funcionó como un bloque compacto y verdaderamente avasallante.

Apoyado en figuras como Nilton Santos, Didí, Garrincha, Vavá y Amarildo, el conjunto brasileño exhibió la misma eficacia y precisión de juego que había entusiasmado al mundo entero en el campeonato anterior.

Brasil y Checoslovaquia se encontraron en la final. Sin demasiados esfuerzos, los campeones fueron imponiendo un ritmo acelerado que los checos no pudieron contrarrestar. Aprovecharon oportunamente los errores defensivos europeos, reforzaron los contragolpes y buscaron con potencia el arco rival.

Con un cómodo 3 a 1, a través de las definiciones de Amarildo, Zito y Vavá, Brasil conquistaba un nuevo título mundial. La dicha brasileña se renovaba y el samba volvía a soñar.

A pesar del merecido triunfo brasileño, el Mundial de Chile no pasó a la historia por sus innovaciones técnicas ni por la brillantez de sus figuras. Fue un campeonato gris, con selecciones de bajo nivel futbolístico. Empeoraron el panorama los numerosos incidentes ocurridos en varios encuentros entre los propios jugadores, que convirtieron a los campos de juego en territorio de verdaderas guerras de patadas, insultos y malos modos. Demasiadas cuestiones capaces de afear la belleza del juego.

Dentro de ese contexto, la emoción y la mística del fútbol perdieron fuerza ante los vientos de violencia y brutalidad de un juego de escaso nivel, que sólo ofreció la pasión de un pueblo.

 

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