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IV Campeonato "Brasil 1950"

El congreso de Luxemburgo

El congreso de la FIFA en París, celebrado en junio de 1938, decidió proponer la elección del país organizador de la cuarta Copa del Mundo, debido a la creciente tensión política internacional que aconsejó a los dirigentes no tomar en consideración las candidaturas presentadas formalmente por Alemania, Argentina y Brasil para ser sede de la competición en 1942.

Durante la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) la pequeña copa de oro, que estaba bajo la custodia de la Federación Italiana tras el triunfó de su selección en 1938, permaneció intacta depositada en un cofre de un banco de Roma.

Hasta el 1 de julio de 1946, la FIFA no pudo celebrar su primer congreso de la posguerra; en él se decidió conceder la organización de la Cuarta Copa del Mundo al único candidato: Brasil. En el curso de los debates, los dirigentes futbolísticos internacionales acordaron denominar a la competición "Copa Jules Rimet", en honor a los servicios prestados por M. Rimet al organismo desde su cargo de presidente: con la ayuda de su secretario general, el suizo Dr. Schricker, había mantenido vivo el espíritu de la Federación Internacional en los difíciles años de conflicto bélico.

A pesar de que fue en Luxemburgo donde se concedió a la Confederación Brasileña de Deportes (CBD) la organización de la ya denominada "Copa Jules Rimet", las fechas exactas del desarrollo del Campeonato no fueron definitivamente fijadas hasta el 18 de enero de 1947, en París, una vez que la comisión técnica, presidida por el holandés Lotsy, hubo confirmado la presencia en la fase previa de las cuatro federaciones británicas: Inglaterra, Escocia, Irlanda y Gales. Estas no habían disputado ninguna de las tres Copas anteriores por hallarse ausentes de la FIFA, a la que se reincorporaron definitivamente, tras una ausencia de 17 años, en el congreso de Luxemburgo. La comisión técnica, de común acuerdo de la CBD, propuso celebrar el Campeonato en 1950.

Treinta y tres países formalizaron su inscripción para tomar parte en la fase previa, lo cual fue considerado como un éxito por la propia FIFA, dado que había muchísimos países, como las dos Alemanias, la URSS y la casi totalidad de los países del Este europeo, que no estaban en condiciones de hacer frente a la competición por las especiales circunstancias sociopolíticas que atravesaban como consecuencia de la guerra.

Un litigio delicado, sin embargo, puso en peligro la celebración de la primera Copa de la posguerra. Ya en el congreso de Luxemburgo, y en otras reuniones posteriores, se adivinaron dos tendencias contrapuestas a la hora de valorar el sistema que debía regir el Campeonato. Por un lado estaban los defensores del sistema de copa tradicional que se había empleado en los tres certámenes anteriores; por otro, los partidarios de una modificación a fondo del reglamento que permitiera rentabilizar el torneo en base a un sistema de campeonato a dos vueltas, con una ronda final de cuatro equipos.

Defendía la primera tesis un grupo de dirigentes comandados por el francés Henri Delaunay, mientras que al frente de la segunda se colocaba el representante de la Confederación Brasileña, Sotero Cosme. La controversia no tardaría en adquirir graves caracteres.

Dos formas de entender la Copa

La guerra de dirigentes estalló con motivo del congreso de Londres de 1948, cuando el comité organizador de la Copa hizo llegar a Jules Rimet una carta en la que se señalaba que Brasil renunciaría en caso de que no se adoptara un cambio de reglamento. Sotero Cosme expuso además un razonamiento que convenció a los dirigentes de la FIFA cuando preguntó: ¿Qué sentido tiene que una escuadra europea se desplace hasta Brasil, si una vez allí puede quedar eliminada en el primer partido? Tras una agria discusión entre tradicionalistas y revisionistas, se decidió establecer el sistema de competición a dos vueltas, que permitía jugar un total de 30 partidos, sin partido final. La diplomacia del presidente Jules Rimet no logró evitar, sin embargo, que Henri Delaunay dimitiera de su cargo en la comisión organizadora del Campeonato de Brasil – 50, a pesar de que un año después solicitó incorporarse de nuevo a ella, petición que fue aceptada.

Con Italia y Brasil clasificados de oficio por su condición de campeón y país organizador, respectivamente, los diez grupos eliminatorios, formados en el congreso de Londres, aseguraban la presencia en los estadios brasileños de 8 representantes de Europa, 5 de América del Sur, 2 de América del Norte y Central y 1 de Asia.

Los 33 países que presentaron su inscripción a la FIFA para disputar la fase preliminar fueron: Argentina, Austria, Bélgica, Birmania, Bolivia, Brasil, Cuba, Chile, Ecuador, Escocia, España, Estados Unidos, Filipinas, Finlandia, Francia, Gales, India, Indonesia, Inglaterra, Irlanda (Eire), Irlanda del Norte, Italia, Luxemburgo, México, Palestina, Perú, Portugal, Siria, Suecia, Suiza, Turquía, Uruguay y Yugoslavia.

En definitiva: 16 selecciones europeas, 7 sudamericanas, 1 del Caribe, 2 de Norteamérica y 7 asiáticas.

Comienzan las deserciones

En los primeros meses de 1949 comenzaron a registrarse las primeras bajas entre las 33 selecciones inscritas, en lo que sería el inicio de una cadena de deserciones que amenazó de nuevo la celebración de la Copa. En el grupo I, reservado a las cuatro asociaciones británicas, se clasificaron en eliminatorias a un solo encuentro Escocia e Inglaterra. Los escoceses, sin embargo, hicieron saber que no acudirían a la cita mundial si no conseguían el título en el campeonato británico de selecciones.

Pero las renuncias de hecho se iniciaron con la negativa de los clubs belgas a dejar a sus jugadores para la selección nacional, mientras Austria, Ecuador, Perú, Birmania, Filipinas y la India se limitaban a señalar a la FIFA que desistían de tomar parte en la fase preliminar, sin alegar motivos. La mayor conmoción se produjo cuando Argentina anunció públicamente su decisión de no acudir a Brasil por las diferencias existentes entre la AFA (Asociación del Fútbol Argentino) y la CBD. A sólo diez meses del inicio de la fase final, ésta quedaba irreversiblemente reducida a 13 equipos de los 16 previstos inicialmente.

La fase previa quedó estructurada en seis grupos europeos, dos de Sudamérica y uno de Norteamérica y América Central. En el grupo I se clasificaron Inglaterra y Escocia, pero los escoceses cumplieron su promesa y renunciaron a ir a Brasil al perder posteriormente el campeonato británico. En el grupo II, Turquía superó a Siria y Palestina y posteriormente declinó su participación en la fase final por motivos económicos. En el grupo III, Yugoslavia eliminó a Francia (su único adversario) después de un partido de desempate, ya que la eliminatoria a doble partido había finalizado con empate a dos goles (sendas igualadas a un tanto en los encuentros de París y Belgrado). En el grupo IV, Suiza alcanzo la clasificación a costa de Luxemburgo, mientras en el V la logró Suecia ante Eire y Finlandia; en el VI se clasificó España, que tuvo como único rival a Portugal.

La clasificación española

El día 2 de abril de 1950 el estadio de Chamartín de Madrid fue escenario del primer encuentro valedero para la fase preliminar del mundial de Brasil (grupo VI) entre las dos únicas selecciones integradas en ese grupo: España y Portugal. El equipo español fue muy superior al portugués, a pesar de que jugó durante 80 minutos con sólo diez jugadores por lesión del defensa central del Real Zaragoza, José Luis Riera. Dos goles de Zarra y otros tres de Basora, Panizo y el debutante Luis Molowny, respectivamente, dieron la victoria a la selección española ante la portuguesa, que sólo pudo conseguir un tanto a través de Cabrita. De cualquier manera, como no existía gol-average, el 5-1 supuso una victoria, pero no la clasificación: había que disputar aún el encuentro de vuelta en Lisboa, en busca, como mínimo, de un empate para evitar un tercer encuentro en campo neutral.

La confrontación de vuelta se jugó el 9 de abril de 1950 en el estadio nacional de Jamor, en Lisboa, y resultó de una dureza extraordinaria. El tándem seleccionador del equipo español, integrado por Guillermo Eizaguirre y Benito Díaz, dispuso la alineación del jugador de la Real Sociedad, Ontoria, y del defensa central del RCD Español de Barcelona, Parra, que efectuaba así su debut en la selección, para que frenaran a los dos jugadores que se habían mostrado más peligrosos en el partido de ida: el centrodelantero Cabrita y el interior Travassos. El árbitro escocés Mowat permitió el juego duro de los dos equipos y el partido adquirió caracteres dramáticos al conseguir Zarra el primer gol para España. Portugal se enardeció y a través de Travassos y Jesús Correia tomó la delantera en el marcador a falta de un cuarto de hora para el final. Sin embargo, cuando ya todo hacía presumir la dissexshop de un tercer encuentro de desempate, marcó "Piru" Gainza el 2-2, con un tiro espléndido desde fuera del área. Comenzó así la gran aventura de España en el Mundial de Brasil, lo cual suponía, por otra parte, el debut de la selección en tierras americanas en encuentros de competición oficial.

La fase preliminar en América

La fase previa en los dos grupos de América del surquedó invalidada por la renuncia de Argentina (grupo VII), de Ecuador y de Perú (grupo VIII), que clasificó de hecho y sin jugar ningún encuentro a Bolivia y Chile, por un lado, y a Uruguay y Paraguay por otro.

En el grupo IX de América del Norte y Central, Estados Unidos y México obtuvieron las dos plazas en juego, tras deshacerse de Cuba, mientras el grupo asiático quedaba huérfano de participación.

Las sucesivas renuncias obligaron a la FIFA a tomar en consideración una oferta de la Federación Francesa para que su equipo representativo pudiera tomar parte en la fase final, a pesar de que había quedado apeado en las eliminatorias previas. Cuando la Federación Internacional ya había dado su consentimiento, los federativos galos dieron marcha atrás y comunicaron su definitiva renuncia al Mundial de Brasil. El motivo era que Francia fue goleada por Bélgica en un encuentro de preparación disputado en Amberes.

La fase final

Al igual que en 1930, la fase final de la Copa del Mundo de 1950 contó con la presencia de trece selecciones de las diieciseis inicialmente previstas.En Brasil estuvieron: Bolivia, Chile, España, Estados Unidos, Inglaterra, Italia, México, Paraguay, Suecia, Suiza, Uruguay,Yugoslavia y el país organizador, Brasil.

Fueron designados cuatro cabezas de serie (Brasil, Inglaterra, Italia y Uruguay) y se constituyeron cuatro grupos, de los cuales sólo los dos primeros contaron con la presencia de cuatro equipos, tal como se había decidido en el congreso de Londres de 1948. En el grupo I quedaron integrados Brasil, México, Yugoslavia y Suiza; en el II, Inglaterra,España, Chile y Estados Unidos; en el III, Italia, Suecia y Paraguay; en el IV la participación quedó limitada a Bolivia y Uruguay.

Cuando las trece selecciones finalistas llegaron a Brasil, se encontraron con la desagradable sorpresa de que la organización del campeonato andaba más atareada en ultimar la preparación de los campos de juego que en atender a las delegaciones. A sólo siete días del inicio del Campeonato, el estadio de Maracaná de Río de Janeiro ofrecía un aspecto dantesco: estaba repleto de material de construcción, lo que no hacía prever que el nuevo complejo deportivo, construido especialmente para la Copa del Mundo por el municipio de Río, estuviera en condiciones para la jornada inaugural

Sin embargo, el día 24 de junio de 1950, con un ambiente bochornoso y el termómetro por encima de los 28 grados, Maracaná acogió a una multitud de 160.000 espectadores para el encuentro inaugural entre las selecciones de Brasil y México, correspondiente al grupo I. Los organizadores habían conseguido el milagro de habilitar, más o menos correctamente, un estadio que en realidad no se terminaría de construir hasta un año después. Con las prisas, la organización se olvidó de construir un apartado para los periodistas.

Pero el debut de Brasil con una espectacular goleada sobre México por 4-1 hizo olvidar las consecuencias de la improvisación. Dos goles de Ademir, uno de Jair y otro de Baltazar colorearon el ambiente del mayor estadio del mundo; las pancartas con el slogan O Brasil ha de ganhar . (Brasil debe ganar) invadieron las principales avenidas de Río de Janeiro en un ambiente de euforia anticipada que se cortó en seco 48 horas después cuando la selección carioca de Flavio Costa sólo fue capaz de empatar a dos goles con la de Suiza, en el estadio de Pacaembú de Sao Paulo.

Por razones financieras evidentes los organizadores brasileños habían colocado a Brasil en un grupo con cuatro equipos y los encuentros se disputaban en tres ciudades distintas, todas ellas a más de mil kilómetros de la entonces capital, Río de Janeiro. En sólo siete días, Brasil debía jugar a caballo de Sao Paulo y Río, mientras que una selección de la talla de Uruguay se limitaba a esperar los acontecimientos en Belo Horizonte, en donde una victoria ante la débil selección boliviana le daba el pase a la fase final. La compleja trama organizativa acabaría por ponerse en contra de las aspiraciones de Brasil a proclamarse campeón.

Ante Suiza, el equipo brasileño estuvo en un tris de perder el encuentro cuando a falta de un minuto para el final el delantero helvético Friedlander estrelló un balón en el poste. Por Brasil habían marcado Baltazar y Alfredo, pero Fatton, con una ocasión en el primer tiempo y otra en la reanudación, había igualado la contienda.

El empate de Brasil ante Suiza se complicó con las dos victorias consecutivas de Yugoslavia en los dos primeros encuentros; ante Suiza por 3-0 en Belo Horizonte y frente a México por 4-1 en Porto Alegre. Así, pues, el último encuentro del grupo I, en el que se decidió la clasificación para la fase final, enfrentó a brasileños y yugoslavos en el estadio de Maracaná; la ventaja inicial era de la selección europea, que salió a jugar con un punto de ventaja. En este encuentro no sólo estaba en juego el prestigio deportivo del país anfitrión, sino también todo un complejo montaje financiero.

Los yugoslavos, sin embargo, se rindieron de entrada a la ambientación existente en el colosal recinto de Maracaná, de la que era difícil sustraerse; tras facilitar a Ademir la consecución del primer gol antes del descanso, en un error defensivo, se entregaron totalmente al juego de su oponente, que logró aumentar su ventaja con un segundo tanto de Zizinho en la reanudación. Brasil ya estaba en la fase final.

El grupo de España

Si la primera sensación de la cuarta Copa del Mundo se había producido en Sao Paulo con el sorprendente empate de Suiza ante Brasil, unos días más tarde iba a saltar en la ciudad de Belo Horizonte una de las mayores sorpresas de toda la historia del fútbol mundial. Inglaterra, que era la gran favorita para acceder a la ronda final y disputar el título a los anfitriones, cayó ante un equipo representativo de los Estados Unidos integrado en su práctica totalidad por emigrantes europeos.

La selección norteamericana perdió su primer encuentro del grupo ante España por un claro 3-1 y, a pesar de que no había causado mala impresión, estaba considerada por los especialistas como la mejor candidata para cerrar la clasificación del grupo II. Frente a España los norteamericanos habían sorprendido, sin embargo, a los escasos espectadores que siguieron el encuentro en Curitiba, al adelantarse en el marcador en el primer tiempo con un gol de su interior derecha Souza. En la reanudación el equipo español puso las cosas en su sitio y, con dos goles del extremo derecha catalán Basora, tomó la delantera; Zarra remató el tercer gol a poco del final. Inglaterra, por su parte, había iniciado el campeonato en Río imponiéndose a Chile por 2-0, con sendos goles de Mortensen y Mannion.

Llegó el 29 de junio y Estados Unidos e Inglaterra se encontraron en Belo Horizonte. Los norteamericanos, con su curioso equipo integrado por el portero italiano Borghi, el defensa belga Maca, los atacantes portugueses hermanos Souza y el haitiano Larry Gaetjens, sorprendieron a Inglaterra con un juego desordenado pero vivaz.

En el minuto 33 cobraron la delantera con un gol de Gaetjens que ya no pudo ser igualado por los grandes del fútbol mundial. Gaetjens se convirtió merced a aquel gol en unpersonaje popular en medio mundo y unos meses después de la competición marchó a Francia contratado por el Racing de París. A su llegada a la capital francesa, Gaetjens manifestó: Yo nunca he tenido la ciudadanía norteamericana.

La derrota de Inglaterra ante Estados Unidos aumentó considerablemente las posibilidades españolas de clasificarse para la ronda final. La selección del tándem Guillermo Eizaguirre-Benito Díaz se impuso a Chile por 2-0 en su primer encuentro en Maracaná, el mismo día que Inglaterra caía en Belo Horizonte. Pero los españoles, además dieron una gran sensación de equipo y la prensa brasileña comenzó a considerarlos como los rivales a batir en el campeonato.

Eizaguirre y Benito Díaz decidieron alterar sustancialmente la alineación del equipo que había debutado ante Estados Unidos, incluyendo al tercer portero Antonio Ramallets en el once titular, así como al central Parra en sustitución de Antúnez. Pero quizás uno de los cambios fundamentales radicó en la presencia de Panizo en la delantera, en sustitución de Rosendo Hernández. Este equipo español deslumbró ante los chilenos, aunque éstos realizaron un excelente encuentro poniendo en constantes apuros la meta de Ramallets, que en su debut en la selección tuvo una actuación extraordinaria. España ganó por 2-0 con goles de Basora y Zarra, ambos en el primer tiempo, y se situó en posición ventajosa para acceder a la ronda final, ya que con un empate ante Inglaterra le bastaba: tarea difícil, aunque no imposible.

El España- Inglaterra de Maracaná

El 2 de julio de 1950, Inglaterra y España se encontraron sobre el césped de Maracaná, que registró la mejor entrada del torneo en un partido en el que no interviniera Brasil. Los ingleses jugaron a tope desde el primer minuto de juego, con una potencia extraordinaria en el centro del campo,pero los dos extremos, Stanley Matthews y Tom Finney, fueron totalmente anulados por los laterales españoles, Gonzalo II y Gabriel Alonso, mientras el defensa central Parra realizó un gran partido. E l meta Ramallets completó una actuación histórica deteniendo con gran espectacularidad los balones altos, lo que le valió el calificativo, por parte de la prensa internacional, de "Gato de Maracaná", a la vez que se le señalo como el sustituto de Ricardo Zamora, uno de los mitos internacionales del fútbol de los años 20.

El primer tiempo término con empate a cero goles. En el segundo, Gabriel Alonso arrancó por su banda derecha, llegando casi al área inglesa; allí hizo un pase al otro extremo; "Piru" Gainza recogió el balón y centró sobre Igoa; éste falló la entrada, pero la pelota llegó suelta a Zarra, que tranquilamente, con el meta Williams en el suelo, no tuvo más que empujar el balón a la red. Era la clasificación de España como campeón de grupo y , por tanto, su entrada en la fase final del torneo. El debut de Inglaterra en una Copa del Mundo se saldó así con un resultado negativo que no pudo ser borrado hasta 16 años después, con su triunfo en el Mundial de 1966.

La eliminación del bicampeón, Italia

En el grupo III saltó también la sorpresa con la prematura eliminación de la selección italiana, campeona del Mundo en los certámenes de 1934 y 1938. El equipo italiano había llegado a Brasil en el transatlántico Sises, de la línea regular de Nápoles a Santos (Brasil). Este seleccionado fue el único europeo que no utilizó el avión para desplazarse a Brasil: la reciente catástrofe de Superga (cerca de Turín), en la que habían perdido la vida algunos de los internacionales de más renombre del Torino, como Bacigalupo, Mazzola, Gabetto, Rigamonti, Loick o Ballarin, había hecho desistir a los jugadores de utilizar el avión como medio de transporte para cruzar el Atlántico.

Italia debutó ante Suecia en Sao Paulo y su sola presencia sirvió para llenar hasta los topes el estadio de Pacaembú (a su llegada a Santos la expedición italiana ya había arrastrado a una numerosísima colonia de inmigrantes). Sin embargo, el equipo sueco, en ele que no figuraban algunas de sus mejores figuras como Liedholm, Carlsson, Rosen, Gren o Nordahl, que habían fichado por clubs españoles e italianos, rompió de entrada la euforia de la colonia italiana con dos goles de Jeppson. A pesar de que Carapellese redujo la diferencia antes del final del primer tiempo, en la reanudación marcó Andersson de nuevo para Suecia y sentenció definitivamente el resultado, aunque un segundo gol de Muccinelli puso emoción a los últimos minutos del partido. Este resultado conmovió a Italia, que aspiraba a conquistar por tercera vez consecutiva la Copa del Mundo. El hecho de que el grupo III estuviera integrado por sólo tres equipos suponía para la selección italiana la casi segura eliminación del torneo, que de hecho ocurrió 48 horas después al empatar Suecia y Paraguay en Curitiba.

La igualada de los paraguayos ante Suecia no dejó de resultar también una sorpresa, porque nadie contaba con el equipo sudamericano, que había acudido a Brasil sin disputar ningún encuentro de clasificación. Ante Suecia, la selección paraguaya supo remontar un 2-0 en contra con goles de Saguier y López y aún pudo ganar el encuentro a falta de cinco minutos para el final cuando el medio Leguizamón dispuso de una inmejorable oportunidad para marcar ante la meta de Svensson. Los paraguayos se jugaron ante Italia la clasificación para la ronda final, pero el equipo peninsular no se dejo sorprender, a pesar de que sólo le iba la honra en el partido, y ganó con comodidad por 2-0 con goles de Carapellese y Pandolfini. Suecia, pues, fue el equipo clasificado.

En el grupo IV Uruguay logró la clasificación ante su único rival, Bolivia, imponiéndose por el tanteo de 8-0, que representaba la primera gran goleada del torneo. Los uruguayos impresionaron a los escasos espectadores que presenciaron el partido en Belo Horizonte, con cuatro goles de Schiaffino, dos de Míguez y los restantes de Vidal y Ghiggia, respectivamente. La magnitud de la goleada quedó algo relegada a un segundo plano debido a que el corazón del Mundial estaba en Río, donde la selección brasileña acaparaba toda la atención de los especialistas y la prensa

La ronda decisiva

La parte final de la competición se inició con los encuentros entre Brasil y Suecia, en Río de Janeiro, y Uruguay y España, en Sao Paulo. En Maracaná se vivió un festival ofensivo del seleccionado carioca, magistralmente dirigido por Zizinho, un "rey"’ del dribling que contaba con un disparo fortísimo desde fuera del área. Zizinho no marcó, pero si lo hicieron Ademir, con cuatro goles, Chico, con dos y Maneca. Suecia se limitó a defender su puerta ante el alud brasileño y a obtener el gol del honor a través de Andersson en un penalty.

En Pacaembú la selección española demostró por espacio de 45 minutos su condición de aspirante al título, dominando a Uruguay, que había abierto el marcador a poco de iniciarse el encuentro a través de Ghiggia. El equipo español, integrado por los mismos hombres que habían batido a Inglaterra en la fase inicial, se revolvió ante la adversidad del gol uruguayo y pasó de inmediato a dominar el centro del campo. Dos goles de Basora pusieron a España en ventaja antes del descanso. Luego, en la reanudación, el equipo uruguayo pasó a dominar la situación en base a una mejor condición física de sus jugadores, que sólo habían disputado un partido para acceder a la fase final, mientras que a los españoles les pesaban los tres encuentros anteriores, a caballo de Río y Sao Paulo. Un gol de Varela a mediados del segundo tiempo estableció el definitivo empate a dos goles, que bien pudo ser una derrota española, pues los dos goleadores uruguayos, Ghiggia y Schiaffino, dispusieron de varias oportunidades para batir a Antonio Ramallets, que seguía distinguiéndose como el mejor meta del campeonato.

El empate de Uruguay ante España siguió manteniendo en un segundo plano a los jugadores de la escuadra celeste, que 48 horas después se presentaron de nuevo ante el público de Sao Paulo para enfrentarse ante una selección sueca que había sido humillada por Brasil. Uruguay tampoco causó buena impresión en este partido, que mereció acabar en empate porque Suecia dominó las tres cuartas partes del juego, tanto en el césped como en el marcador. El exterior izquierda Palmer fue el encargado de abrir el tanteo y, aunque Ghiggia consiguió la igualada poco después, Suecia cobró ventaja de nuevo antes de finalizar el primer tiempo, por mediación de su extremo zurdo Sundqvist. A falta de media hora para el final llegó la segunda igualada del partido con un gol de Míguez, quien repitió y remató la victoria uruguaya a poco del final.

Mientras en Sao Paulo se producía la precaria victoria uruguaya ante Suecia, en Río el equipo brasileño volvía a enloquecer los graderíos de Maracaná goleando a España, que mantuvo hasta este encuentro el cartel de favorito. Marcaron Zizinho, Jair (2) y Chico (2), pero además Ramallets tuvo que encajar un nuevo tanto de su central Parra, en propia puerta. El equipo español, que al término del primer tiempo ya perdía por un concluyente 3-0, jugó siempre a merced de los brasileños, sin acertar a romper su ritmo aparentemente lento, y se debió contentar con obtener un gol de consolación a través de Igoa cuando el marcador ya reflejaba un concluyente 6-0. La victoria brasileña supuso la definitiva confirmación de que sus jugadores estaban en condiciones de conseguir el título. Sólo restaba por disputar una jornada y el único equipo que además de los anfitriones podía aspirar al triunfo, Uruguay, no había ofrecido una buena impresión ante Suecia y España; además, aún no había pisado el césped del colosal Maracaná, un estadio que parecía hasta el momento un talismán para los discípulos de Flavio Costa.

La jornada final

A pesar de la fórmula que rigió el campeonato, los resultados anteriores a la jornada de clausura habían dejado para el encuentro Brasil- Uruguay el carácter propio de una final. Antes de este encuentro Brasil contaba con 4 puntos y Uruguay con 3, con lo cual la resolución del título quedaba para estos dos equipos y el partido España- Suecia de Sao Paulo tenía el cartel de confrontación valedera para conquistar el tercer lugar, con el equipo español, que hasta entonces tenía un punto, frente a los suecos, que habían perdido sus dos partidos finales.

Un empate bastaba a los brasileños para conquistar la IV Copa del Mundo, pero los trece goles conseguidos por los delanteros cariocas ante Suecia y España hacían augurar una clara victoria ante Uruguay, cuyo meta Roque Máspoli llevaba ya encajados cuatro goles en la ronda final. La victoria parecía clara para Brasil y de hecho todo estaba preparado en Río, a 24 horas del inicio del match, para festejar el triunfo. La prensa de la capital comenzó a saludar la consecución de la Copa y las calles adyacentes a Maracaná estaban engalanadas con pancartas que decían Homenaje a los campeones del Mundo antes de que los equipos representativos de Brasil y Uruguay hiciesen su aparición en el césped para disputar el último partido.

Previsto para albergar a 169000 espectadores, Maracaná acogió una entrada irrepetible de 220000 personas para presenciar la finalísima. Una auténtica marea humana comenzó a desplazarse hacia el estadio ocho horas antes del comienzo del partido, y cuando Brasil hizo su aparición en el campo, Maracaná enloqueció con una multitud que no cesaba de repetir: Brasil debe ganar.

Cuando el árbitro británico Mr. Reader dio orden de comenzar el encuentro, los jugadores de Flavio Costa se lanzaron alocadamente sobre el marco de Máspoli, encorajinados por los gritos de los aficionados. Pero Uruguay resistió. Aplicando las mismas armas brasileñas, en base a un juego preciso, aparentemente lento, pero moviendo el balón al primer toque, todo el equipo uruguayo envolvía a su contrario sin dejarle el control del esférico. Si ante Suecia y España los brasileños se habían distinguido por sus rápidos goles, ante Uruguay los tantos no llegaban y las voces de los 220000 aficionados iban perdiendo intensidad. El primer tiempo finalizó con empate a cero y los uruguayos lograban así irse a los vestuarios con una victoria moral sobre sus contrarios. El equipo celeste había pasado con éxito los peores minutos de su debut en Maracaná.

Sin embargo, a los 46 minutos, dentro de los primeros compases del segundo tiempo, Brasil iba a inaugurar el marcador. Los uruguayos, que habían estado 45 minutos sin dejarse sorprender, tras el descanso fueron pillados a contrapié en una jugada llevada a cabo por Zizinho y Jair que culminó Friaca con soberbio chut cruzado desde dentro del área. Era el 1-0 y todo hacía presumir, por fin, que los brasileños iban a liberarse del juego envolvente de sus contrarios. Pero Uruguay no perdió la serenidad: siguió jugando como si llevara ventaja en el marcador, del mismo modo que en la primera mitad de juego, aunque mostrando mayor movilidad en la delantera con un quinteto formado por Ghiggia, Julio Pérez, Míguez, Schiaffino y Morán; por vez primera en el campeonato comenzaba a ponerse en aprietos a la defensa brasileña, que demostró tener enormes fisuras.

En el minuto 67 Juan Schiaffino recibió un pase hacia atrás, casi desde la línea de corner, impulsado por Ghiggia, y batió al meta Barbosa. Maracaná enmudeció de pronto, por espacio de unos minutos, para volver a reaccionar después con gritos de ¡Brasil, Brasil!, porque el empate bastaba y el equipo local seguía siendo campeón a falta de 23 minutos para el final. Pero Uruguay continuaba mostrando mayor cohesión y disciplina y Obdulio Varela y Julio Pérez se erigieron en dueños y señores del centro del campo. A falta de once minutos para el final, Pérez y Ghiggia combinaron rápidamente por el sector derecho del ataque "celeste", el extremo eludió a Bigode y con magnífico remate cruzado batió a Barbosa.

Cuando Mr. Reader puso fin al encuentro, el silencio invadió Maracaná: un silencio que se hizo difícil de soportar. La ceremonia tradicional de la entrega de la Copa se quedó sin el protocolo previsto, porque los organizadores se olvidaron de sus deberes y dejaron solo a Jules Rimet, que con gran flema descendió al césped para entregar al Copa al capitán de la escuadra celeste, Obdulio Varela. La vuelta de honor del equipo uruguayo al rectángulo de Maracaná se efectuó ante la congoja y el estupor de los 220000 espectadores que, como esperando despertar de una pesadilla, demoraban el abandono del recinto. Brasil había perdido su Copa. La tarde del 16 de julio de 1950, en la que Río estaba dispuesta para organizar el carnaval más sonado de toda su historia, fue una tarde triste para Brasil, y la capital ofreció un aspecto de duelo.

El partido de consolación

En Sao Paulo, en la misma jornada, Suecia confirmó su condición de campeón olímpico en Londres- 1948 imponiéndose a España por 3-1 en el encuentro que decidía la tercera plaza de la ronda final. El equipo español, pese a presentar una alineación renovada respecto a la de los dos encuentros anteriores, se mostró cansado y falto de ideas y en ningún momento llegó a inquietar al portero Svensson. Suecia llegó a dominar por 3-0, con goles de Sundqvist y Mellberg en el primer tiempo y de Palmer en la reanudación. Apoco del final Zarra marcó el único gol español, que a la postre resultó ser el último del Campeonato y el número 312 de los contabilizados en Copa del Mundo. La actuación española en la ronda final se cerró sin haber conocido la victoria, aunque el cuarto lugar supuso para la selección de Eizaguirre y Benito Díaz la mejor posición conseguida por España en los dos Mundiales en que había tomado parte hasta aquel momento (Italia- 34 y Brasil- 50).

A pesar de la derrota deportiva, Brasil pudo ofrecer al término de la competición un balance netamente favorable en el aspecto organizativo. La fórmula de la CBD de jugar dos fases sin partido final se cerró con un completo éxito, a pesar de las renuncias de última hora, y la afluencia masiva de espectadores a lo largo del torneo permitió cerrar el balance con beneficios: éstos sumaron la cantidad de 384 millones de francos suizos de la época y permitieron remunerar a los equipos participantes en la ronda final (Suecia recibió 20 millones y España 25 ) y a la propia FIFA, que recibió 120 millones. La IV Copa del Mundo batió todos los récords de interés y expectación y de ahí que Jules Rimet señalara antes de partir hacia Europa: La Copa ha alcanzado su mayoría de edad; podemos mirar el futuro con optimismo.

El presidente de la FIFA se había mostrado, sin embargo, muy duro a la hora de valorar el comportamiento de los organizadores en el último encuentro de Maracaná. Jules Rimet había dicho a los periodistas: No comprendo que ocurrió. Había que seguir un protocolo, pero a nadie le importó que no sonara el himno en honor de los vencedores, que no subiera al mástil de honor la enseña de Uruguay. Cuando tenía que entregar la Copa me encontré solo en el césped, con la estatuilla en mi mano derecha y sin saber que hacer. Al final, cuando me di cuenta de que nadie iba a acompañarme en la ceremonia, reclamé la atención de Varela, le di la Copa y le estreché la mano sin acertar a pronunciar ninguna palabra de felicitación para su equipo.

 

 

Un futbolista para una década

El Mundial de Brasil descubrió a un futbolista excepcional en la figura del uruguayo Juan Alberto Schiaffino, un hombre que a lo largo de la década de los 50 iba a aportar al fútbol sudamericano, primero, y al europeo después, cuando ingresó en las filas del Milán y de la Roma, toda una forma de entender el fútbol ofensivo desde atrás. Nacido el 28 de julio de 1928 en Montevideo, Schiaffino se hizo un nombre en el fútbol internacional en el transcurso de la ronda final del campeonato de Brasil y, particularmente, al dirigir desde el centro del campo, en compañía de Julio Pérez, el juego de su equipo en el encuentro decisivo ante Brasil. Con un físico algo desgarbado, pero resistente, Schiaffino demostró en el Mundial- 50 ser un jugador de raza, elegante y efectivo en los pases a larga distancia, y con gran sentido ofensivo que hacía eficaz en el desmarque. En Brasil el goleador fue Ademir, el brasileño que con siete goles, cuatro de ellos en un solo partido ante Suecia, deslumbró por su eficacia rematadora; pero Ademir era un complemento de una delantera relampagueante dirigida por Zizinho, un monstruo en el dribling en seco, pero de escasa fortaleza física y con demasiados altibajos en su juego. El de Brasil fue un Mundial de individualidades destacadas, desde los extremos Ghiggia y Basora, hasta el defensa uruguayo Varela, pasando por el meta Ramallets y por el autor del histórico gol de EE.UU ante Inglaterra, el haitiano Larry Gaetjens. Pero Schiaffino destacó por encima de todos, al igual que ocurriría cuatro años más tarde en Suiza con la aparición de los diabólicos futbolistas de Hungría, los reyes del fútbol de ataque. Ese fútbol del que Schiaffino fue un adelantado.

 

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