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III Campeonato "Francia 1938" |
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Mientras se velan las armas ¿Podía la Copa del Mundo evitar los efectos del clima agobiante que oprimía a Europa? Posiblemente sí en el relativamente breve lapsus de su desarrollo o en algunos momentos muy concretos, pero ciertamente no en el contexto general del tiempo, porque las oscuras nubes que anunciaban la tempestad seguían acumulándose sobre el Viejo Continente. La atmósfera imperante en el transcurso de los Juegos Olímpicos de Berlín en 1936 había recordado mucho la de la Copa del Mundo celebrada en Italia dos años antes. Las confrontaciones en disciplinas individuales como el atletismo permitieron salvar las apariencias de una manera mejor que en el fútbol, deporte de contacto. No obstante, el clima que envolvía a las manifestaciones deportivas escapaba claramente a las reglas de la corrección y de la convivencia: era evidente que los choques pacíficos de los estadios iban a dejar paso bien pronto a la violencia de otro tipo de choques en un continente donde febrilmente se velaban las armas. La militarización de Renania, la creación del eje Roma-Berlín y el Anschluss austríaco fueron las señales más claras de la degradación de un estado de cosas que, menos de quince meses después de la dissexshop de la tercera edición de la Copa del Mundo, iba a llevar al estallido de la Segunda Guerra Mundial. A pesar de todo ello fue precisamente en Berlín, en el congreso de la FIFA del 15 de agosto de 1936 y aprovechando el desarrollo de la Olimpíada, donde Francia, previendo el éxito de la futura Exposición Universal programada para dos años más tarde, avanzó su candidatura como organizadora de la fase final de la tercera Copa del Mundo, a celebrar en 1938. Oposición sudamericana La candidatura francesa tuvo que luchar contra la oposición de las aspiraciones sudamericanas, capitalizadas por Argentina, de que el Mundial retornara a América después de la aventura italiana de 1934: Francia se ganó la confianza de la FIFA después de dar todo tipo de garantías de que ampliaría la capacidad del estadio parisiense de Colombes hasta 65.000 plazas. Con el Parque de los Príncipes (35.000) y los estadios de Marsella (40.000) y de Burdeos (25.000) la competición podía desarrollarse en condiciones de normalidad a pesar de que los campos de Estrasburgo, El Havre, Toulouse, Reims, Lille y Antibes, las otras ciudades elegidas como sedes, dejaban mucho que desear tanto desde el punto de vista de la capacidad como de la infraestructura. Finalmente, treinta y seis selecciones nacionales se inscribieron en la fase preliminar, tres más que en el Mundial de 1934 y veintitrés más que en el de 1930, aunque a la hora de la verdad varias retiradas en el último momento dejaron este número reducido a veintiséis. Argentina, vejada porque la FIFA había preferido entregar la tercera Copa del Mundo de nuevo a Europa, dudó durante mucho tiempo antes de decidir no inscribirse en el torneo; su abstención, en el momento de hacerse pública, provocó las iras de los aficionados, que anhelaban que su selección tuviese otra oportunidad de demostrar la calidad del fútbol albiceleste. Previamente, Colombia, Costa Rica, Guayana Holandesa, El Salvador y México, disconformes también con la designación de Francia y con el hecho de que el torneo no volviera a su continente, habían renunciado a la inscripción, limitándose ésta solamente a Cuba y Brasil por lo que a equipos americanos se refiere. Finalmente, cuando la fase previa empezaba a ponerse en marcha, se hizo efectiva la baja de España, que por aquel entonces se encontraba en plena guerra civil. Por otra parte, la ausencia de los austríacos no tuvo nada que ver con una concepción, discutible, del amor propio deportivo. Austria, tras eliminar a Letonia y Lituania en la fase previa, había sido anexionada por Alemania después del Anschluss de 1938, y sus instituciones, comprendidas las instalaciones deportivas, fueron incorporadas a las del Tercer Reich. El célebre Wunderteam pasó a ser patrimonio del pasado y su jugador más destacado, Matias Sindelar, se suicidó el 22 de enero de 1939; 40.00 personas asistieron a sus honras fúnebres en una enorme manifestación de duelo. La fase previa proporcionó de nuevo algunas sorpresas notables. Por un lado la eliminación, otra vez, de Yugoslavia a expensas de Polonia; y por el otro de clasificación, por primera y única vez en la historia de la Copa del Mundo, de las Antillas Holandesas, gracias a la retirada de Estados Unidos y Japón. Bolivia y Egipto, por último, completaron el cuadro de abstenciones. Una innovación cara a la fase final: por vez primera, el ganador del título anterior (Italia) y el país organizador (Francia) quedaron exentos de la fase previa y fueron admitidos de oficio para disputar el torneo final. El procedimiento elegido para esta última fase fue, al igual que en 1934, el de Copa con eliminación directa; el discutible procedimiento de designación de cabezas de serie, en una época en que las confrontaciones oficiales ciertamente no abundaban, fue abandonado en provecho del sorteo integral. Dos grandes sorpresas La eliminación de Rumania y Alemania en encuentros correspondientes a la fase de octavos de final, disputada el 4 y 5 de junio, constituyó la gran sorpresa del inicio de la tercera Copa del Mundo. Si, por un lado, fue necesario un partido de desempate para que los sorprendentes cubanos apearan a la decepcionante Rumania (2-1), por el otro, saltó la sorpresa en el encuentro de desempate que enfrentó a Alemania y a Suiza en el parisiense Parque de los Príncipes ante 21.00 espectadores ( el primer partido entre ambos equipos, celebrado cinco días antes, había finalizado con empate a un gol). Cinco importantes jugadores que habían pertenecido al Wunderteam austríaco – Raftl, Skoumal, Stroh, Hahnemann y Neumer- se hallaban incluidos en el equipo del Reich, que por aquel entonces ya entrenaba el mítico Sepp Herberger; pero, lejos de constituir un refuerzo y, por consiguiente, una amenaza, este recuerdo simbólico de la reciente anexion de Austria por la Alemania hitleriana aportó a Suiza un potente aliado en el público francés. La lesión espectacular del extremo hélvetico Aebi, herido en la cara en el transcurso del choque, aumentó la importancia del factor pasional. Llevados por el aliento masivo de los espectadores, los suizos, que en el descanso perdían por 0-2, fueron capaces de igualar este hándicap en la reanudación del encuentro y superarlo hasta alcanzar la victoria por 4-2 gracias a los goles de Wallaschek, Bickel y su jugador estrella Trello Abbegglen (dos goles), que acumularon las jugadas de mayor mérito, ayudados por Amado y Minelli, y escribieron una de las mejores páginas del fútbol helvético. En las sombras del atardecer que caían sobre el terreno de Auteil, los últimos minutos de este memorable partido ofrecieron un grado de intensidad dramática jamás alcanzado anteriormente. No hay duda de que los graves acontecimientos del reciente pasado y las amenazas del futuro contribuyeron a crear esta impresión más que el mismo partido, a pesar de su indudable atractivo. En los otros encuentros de octavos de final, los grandes favoritos resolvieron sus compromisos. Hungría, Checoslovaquia y Francia superaron sin historia sus partidos contra Antillas Holandesas (6-0), Holanda (3-0) y Bélgica (3-1), respectivamente, pero no sucedió lo mismo con los últimos tres encuentros de esta fase. Italia, que se preparó concienzudamente a través de una larga concentración en L’Alpino, un pueblecito a orillas del lago Mayor, y después en Cuneo, cerca ya de la frontera francesa, debió jugar la prórroga en Marsella para vencer, con penas y trabajos, a la modesta Noruega por 2-1. Brasil, que pudo acudir a esta fase final gracias a la financiación de su gobierno, tuvo que recurrir a la prórroga para imponerse por un apretado y espectacular 6-5 a Polonia después de que su ventaja al final de la primera parte fuese de 3-0. Una gran tormenta de agua sobre el terreno de la Meinau originó el inesperado cambio en el marcador, y si Léonidas hizo sensación con sus cuatro goles, el polaco Willimowsli demostró exactamente la misma eficacia. La impresionante tromba de agua caída tras el descanso del partido fue el origen de una anécdota curiosa protagonizada precisamente por Leónidas da Silva, considerado en su país como "el mejor delantero centro de todas las Américas". Con el terreno transformado en un pantano, el pequeño Leónidas estimó que podía jugar mejor descalzo y, con un gesto teatral, se quitó las botas lanzándolas hacia su entrenador, Adhemar Pimenta. El árbitro sueco Eckling, uno de los más destacados de la época y que en 1934 ya había dirigido la final del Mundial entre Italia y Checoslovaquia, le hizo comprender que en el reglamento de la FIFA se especificaba la obligatoriedad de jugar con botas: al jugador no le tocó otro remedio que calzarse y volver a un partido que al final ganó su equipo. Finalmente, la ausencia forzada de Austria, que debía jugar el encuentro de octavos de final contra Suecia, fue reseñada oficialmente en el acta de esta forma: Pasa al turno siguiente Suecia por no presentación de Austria; una explicación lacónica para la tragedia vivida por el pueblo austríaco. Los checos siguen siendo un hueso Los octavos de final, con resultados sorpresa en algunos de sus encuentros, alcanzaron un gran éxito. El único problema consistió en que se celebraron en ciudades distantes unas de otras, en una época en que los medios de transporte no tenían la misma eficacia que en la actualidad; esta circunstancia supuso una dificultad para todas las selecciones excepto para la italiana, que se adelantó a su tiempo trasladándose hasta Francia en un avión particular. Cabe decir, volviendo al aspecto estrictamente deportivo, que los partidos de esta primera fase de clasificación marcaron a la mayoría de los equipos vencedores. Los cubanos, por ejemplo, no se recuperaron del esfuerzo desplegado ante Rumania y el marcador que encajaron ante Suecia (8-0) fue el más contundente de esta fase de cuartos de final, jugada el 12 de junio; hay que reiterar el hecho de que los suecos se presentaron con las energías intactas después de superar la primera fase sin jugar, debido a la ausencia forzosa de Austria. Por otra parte, en Lille, donde mucho público tuvo que quedarse fuera del pequeño estadio Victor Boucquey, dos goles del húngaro Szengeller pusieron fuera de combate a la cansada Suiza al final de un encuentro dominado por Sarosi, Szabo y Kohut, este último extremo izquierda del Marsella francés. La superioridad de Italia sobre Francia se manifestó en Colombes de forma más indiscutible que la reflejada por el marcador final de 3-1. La squadra azzurra, a pesar de conservar sólo a dos jugadores del equipo campeón de cuatro años antes –Meazza y Ferrari-, manifestó un valor individual y colectivo demasiado evidente para poner en tela de juicio la legitimidad de los goles conseguidos por Colaussi y Piola (2). A pesar de ello, los franceses dejaron escapar una excelente oportunidad ante un equipo que empezó el partido con muchos nervios debido al pobre juego que había ofrecido en su eliminatoria anterior ante Noruega; el conjunto galo cometió el error de no creer suficientemente en sus posibilidades, sobre todo cuando en el descanso el resultado, esperanzador, era de empate a un gol. En el último encuentro de esta fase, Checoslovaquia volvió a demostrar ante Brasil la categoría evidenciada en 1934 cuando consiguió ser finalista ante los italianos, y los brasileños accedieron a las semifinales sólo después de un segundo encuentro, reeditando las emociones de la final de cuatro años antes. Los 24.000 espectadores de Burdeos, sede del primer partido, se asombraron por el virtuosismo de Leónidas y de Domingo da Guía, y por la irascibilidad de Zezé y de Machado, expulsados por el árbitro húngaro Herska junto al checo Riha; a pesar de ello los europeos forzaron un partido de desempate gracias a un penalty muy dudoso transformado por Nejedly. La confrontación se convirtió en una especie de combate callejero. Además de los tres jugadores expulsados, los brasileños Leónidas y Peracho tuvieron que abandonar el terreno de juego por lesión, aunque el primero de ellos sin gravedad, así como las figuras checas Planicka (el portero rival en méritos del gran Zamora) y Nejedly, que hubieron de salir del campo en camilla e ingresar en un hospital; Planicka sufrió la fractura de un brazo y Nejedly la del pie derecho. El final del partido, jugado por ocho jugadores checos y nueve brasileños, fue un espectáculo digno de olvidarse. Afortunadamente, dos días más tarde, el partido de desempate ofreció una lucha bien distinta y Brasil se alzó con la victoria por 2-1, con goles de Leónidas, ya repuesto, y Robrto. Este triunfo tuvo una enorme repercusión en toda Sudamérica, y el día 14 de junio, el jueves siguiente, las autoridades brasileñas decretarían fiesta en todo el territorio nacional. Brasil, fatigado El tiempo que separó este último encuentro y el de la semifinal que Brasil jugó en Marsella contra Italia fue, desgraciadamente, sólo de dos días y los sudamericanos afrontaron el compromiso sin haberse recuperado totalmente del esfuerzo desplegado ante Checoslovaquia. La semifinal Brasil-Italia levantó enorme expectación y 35.000 espectadores abarrotaron el estadio marsellés para asistir a la confrontación. Se quedaron en la calle gran cantidad de aficionados. Extrañamente, y ello sería un motivo más para la derrota, los "acróbatas" brasileños, como los había bautizado la prensa francesa, jugaron el partido sin su estrella Leónidas, a quién el técnico, según dijo, había reservado para la final. Ante el excelente juego colectivo del equipo peninsular, Brasil decepcionó. Meazza y Ferrari desplegaron su habilidad sin gran oposición y, de haber tenido un poco más de suerte los extremos, el equipo italiano ya hubiera conseguido algún gol antes del descanso. Pero en el minuto 56, después de la reanudación, Colaussi abrió el marcador mediante un espectacular remate de bolea. Los brasileños perdieron los nervios y, como consecuencia de una patada de Da Guía a Piola dentro del área, el árbitro suizo Wutrich concedió un penalty que Meazza transformó en el segundo gol. Debido a que Romeo, en los últimos minutos, redujo la diferencia con un gol, todo Brasil coincidiría en afirmar al final que sólo un arbitraje parcial había impedido la primera victoria de su selección en la Copa del Mundo. De hecho, el equipo de 1938 no tenía todavía la madurez necesaria para alcanzar este honor, y el virtuosismo innegable de sus principales jugadores no fue suficiente para esconder las deficiencias de la organización colectiva. De cualquier forma, Brasil tendría una alegría con la adjudicación del tercer puesto al vencer a Suecia por 4-2 a través de dos nuevos goles de Leónidas, máximo goleador del torneo con ocho goles: otro motivo para lamentar la ausencia del extraordinario jugador en el partido de Marsella y que quizá pueda explicar el relativo fracaso del equipo que, de cualquier forma, dejó un excelente recuerdo en Francia. El trabajo de Hungría, en la segunda semifinal, fue más fácil que el de Italia. Los suecos habían creado una falsa imagen de potencia ante los cansados cubanos, pero esta vez no pudieron dar la talla frente a los excelentes profesionales húngaros. A pesar de un gol de Nyberg, los de Szengeller (3), Titkos y Sarosi acabaron con las esperanzas de los aficionados escandinavos. Italia, de nuevo Los húngaros tuvieron que forzar tan poco su máquina para infligir aquel duro 5-1 a los suecos, que los 45.000 espectadores de la final, jugada en Colombes el 19 de junio y presidida por el primer mandatario de la república, Albert Lebrun, esperaban una clara victoria ante aquella squadra azzurra que, por motivos bien explicables, gozaba de muy pocas simpatías en aquel momento. A pesar del ambiente desfavorable y de los pronósticos, Vittorio Pozzo, el seleccionador italiano, nunca se dejó llevar por el pesimismo y sí, en cambio, creyó siempre en la posibilidad de hacerse con el triunfo final, como confesaría posteriormente: Tenía un equipo maravillosamente unido, con una moral de acero, una fe y una confianza absolutas. Y aquellas virtudes, que siempre he considerado esenciales, nos permitieron enfrentarnos con serenidad y optimismo a Hungría. Y cuando en Colombes nos asignaron aquel vestuario que siempre nos había dado buena suerte, estuve seguro de que Italia iba a ganar la segunda Copa del Mundo. El favoritismo del público hacia los húngaros no tardó en verse decepcionado, puesto que al llegar al final de la primera parte el equipo italiano ya dominaba la situación con un claro resultado de 3-1, fruto de los goles de Colaussi (2), Piola y Titkos. A pesar de que en diferentes momentos estuvieron sometidos a la presión de los contraataques húngaros, consecuencia más de la táctica de Pozzo que del acierto magiar, las acciones llevadas a cabo por Meazza y Ferrari a los que Hungría cometió el error de dejar demasiado libres en el centro del campo, estuvieron siempre presididas por una intención y una fuerza tan evidentes que los espectadores de Colombes tuvieron que inclinarse ante la realidad. Sólo durante breves momentos surgió la esperanza de que el signo del encuentro podía cambiar cuando Sarosi, en el minuto 65, redujo la diferencia en el marcador con un nuevo gol; pero el equipo magiar nunca pudo encontrar su equilibrio colectivo, y una acción entre Piola y Biavati permitió al primero sentenciar el encuentro con un 4-2 bien elocuente, fiel reflejo de lo que había acontecido en el campo de juego. Pese a que sus simpatías estaban con los húngaros los espectadores franceses tuvieron que resignarse ante el mejor juego de los italianos. Verdaderamente, en aquella tercera edición de la Copa del Mundo se había impuesto el mejor equipo, y aunque el partido había sido menos rico que la final de Roma cuatro años antes, desde el punto de vista de la emoción, en cambio bajo la óptica de la calidad técnica superó claramente las dos finales anteriores. Vittorio Pozzo introdujo en esta final la táctica del contraataque, que resultó el arma decisiva. Para ello, el seleccionador italiano impuso al equipo una mayor velocidad en la acción y un juego verticalizado al máximo, insistiendo en el sentido común como base del juego. Tras el encuentro, tan mediocre, jugado contra Noruega, optó por el rejuvenecimiento del equipo y, a partir de ese momento, su selección pasó a ser una de las favoritas para el título, introduciendo, de forma intuitiva, la táctica de la WM que sería norma años más tarde. En este sentido, Meazza y Ferrari, en el centro del campo como jugadores de ataque, apoyaban, distribuyendo y serenando el juego, a sus compañeros de vanguardia Colaussi, Piola y Biavati. Idéntico sistema se daba a la retaguardia, donde Rava y Foni, delante del meta, eran el último baluarte detrás de sus compañeros Locatelli, Andreolo y Serantoni. Michele Andreolo, sucesor del terrible Monti, conjugaba las cualidades de un excelente defensor con las de un técnico capaz de empujar a los delanteros sin abandonar su zona; sus pases, matemáticos, a treinta y cuarenta metros eran famosos. Mientras en los vestuarios de Colombes, una vez finalizado el encuentro ( dirigido sin problemas por el árbitro francés Capdeville), Sarosi, derrumbado sobre un banco, lloraba por la esperanza perdida, Vittorio Pozzo declaró: Hemos jugado para ganar la Copa, eliminando de nuestro juego todo lo que no era útil para el fin perseguido y conservando sólo un fútbol estructural. Por su parte, el portero húngaro Szabo declaraba sonriendo: Nunca en mi vida me he sentido más feliz después de un partido. Ante la sorpresa de todos, añadió: He salvado la vida a once seres humanos. Me han contado antes de empezar el partido que los italianos habían recibido de Mussolini un telegrama que decía : "Vencer o morir". Han vencido. Los jugadores se separaron con los brazos cargados de recuerdos. A dos meses de la movilización francesa, a catorce meses de la guerra, los hombres parecían ignorar, gracias a la Copa del Mundo, lo que les iba a lanzar a unos contra los otros en el mayor cataclismo de la historia.
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