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II Campeonato " Italia 1934" |
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El certamen del Duce Treinta y dos naciones inscritas para la segunda Copa del Mundo, de 1934... Se comprende perfectamente el enfado de los uruguayos que, cuatro años antes, habían asumido el riesgo de una organización sin precedentes, en la que Europa no creía, y habían triunfado. Cuatro años más tarde todo eran prisas e interés por participar u organizar una competición cuyos beneficios financieros se habían revelado sustanciosos. Los italianos, que se habían alineado entre el número de los abstencionistas de Montevideo, fueron los más interesados y vehementes a la hora de reivindicar el "honor" de recibir a la élite del fútbol mundial; entre otros motivos porque, en aquellos años, a la presión de intereses puramente deportivos o financieros, había que añadir la presión de los intereses políticos. El presidente de la Federación Italiana de Gioco Calcio era el general Vaccaro, eminente dignatario del régimen fascista, que, después de enumerar las múltiples ventajas que su país podía ofrecer a los participantes en la Copa del Mundo, no vacilaba en declarar que la última meta del acontecimiento será la de demostrar al universo lo que es el ideal fascista del deporte; no tuvo ningún reparo en añadir que era el mismo Duce, Mussolini, quien le había inspirado esta idea. El hecho es que el Congreso de la FIFA se reunió en Estocolmo el 13 de mayo de 1932, teniendo como punto importante del orden del día la designación de la federación que tendría a su cargo la organización de la Copa del Mundo dos años más tarde. En principio se habían presentado las candidaturas de Suecia e Italia, aunque sin plantear problemas los suecos desistieron de su propósito a favor de los italianos; a pesar de ello, Giovanni Mauro, jefe de la representación penínsular, pidió un plazo para dar una respuesta definitiva, aun confirmando la candidatura de su federación. Hubo cierta oposición a las pretensiones italianas por parte del delegado austríaco, que invocó razones financieras y sugirió suspender cualquier discusión sobre el tema para examinar la conveniencia de aplazar el Mundial hasta 1936. El presidente de la FIFA, Jules Rimet, contestó que no había motivos para adoptar un criterio tan pesimista y que era de esperar que Italia no tardaría en confirmar su decisión de organizar el torneo. La propuesta del delegado austríaco fue rechazada y, poco después de la clausura del congreso, el Comité Ejecutivo de la Federación Internacional recibió la confirmación de la candidatura italiana. En consecuencia, en la reunión de Zurich del 8 de octubre de 1932, la FIFA decidió definitivamente que la segunda edición de la Copa del Mundo de 1934 se confiaba a Italia. Sin problemas en la fase preliminar La fase preliminar o de clasificación, que reunió a treinta y dos selecciones y representó el debut para los equipos de Palestina y Haiti, fue un auténtico paseo para la mayoría de las naciones que alcanzaron clasificarse para el mundial italiano. Este fue el caso de la selección española, a pesar de que crítica y público se mostraban poco confiados ante el compromiso preliminar con la selección portuguesa. Pero esta no constituía, entonces, una amenaza importante para las principales selecciones continentales y el compromiso se salvó con dos victorias: 9-0 en Madrid, con goles de Lángara (5), Regueiro (2), Vantolrá y Chacho, y 1-2 en Lisboa, con goles de Lángara. Luego, para preparar el equipo de cara a la fase final italiana, la selección española jugó tres tres encuentros con el equipo inglés del Sunderland que se saldaron negativamente, con dos empates y una derrota; esto trajo el desaliento a la afición y a la crítica, que opinaban que el fútbol español no tenía la categoría suficiente para acudir a la cita italiana. Pese a ello, el entonces seleccionador, el médico vitoriano Amadeo Garcia Salazar, siguió adelante en su empeño viajando a Italia con un equipo que, a la postre, actuaría en un excelente nivel. Por lo que se refiere a los demas participantes, no hubo grandes problemas de clasificación para ninguno de ellos, si exceptuamos la resolución de las eliminatorias del grupo IX en el que caería Yugoslavia, la única selección europea que había alcanzado los cuartos de final cuatro años antes en Montevideo; en este grupo, Suiza y Rumania habían tenido que luchar lo suyo para obtener dificilmente la clasificación. Por otro lado, había surgido un conflicto en el grupo I, en el que se hallaban los equipos de Estados Unidos, Cuba, México y Haití, a propósito de la distancia que separa Nueva York, sede de los encuentros de la selección norteamericana, de México, sede de los encuentros del equipo azteca; por ello se dispuso que el vencedor del torneo que agrupó a Cuba, Haití y México se enfrentaría a los Estados Unidos en la misma Italia poco antes de iniciarse el Mundial. Fijado el encuentro para el 24 de mayo, Estados Unidos venció a México por 4-2 Las demás selecciones tuvieron que afrontar muchas menos dificultades para acceder a la fase final y sólo hubo que lamentar las retiradas en el último momento, cuando ya habían formalizado su inscripción, de Perú, Chile y Turquía. Ausencia de Uruguay Resuelta la competición preliminar, Italia puso a disposición de los dieciséis equipos equipos supervivientes, entre el 27 de mayo y el 10 de junio, ocho terrenos en Bolonia, Florencia, Génova, Milán, Nápoles, Trieste, Turín y Roma, para los partidos del primer turno; Bolonia, Milán y Turín para los del segundo; Milán y Roma para las semifinales, y reservó la final para la capital italiana. Por cierto que el régimen de Mussolini había bautizado o cambiado la denominación de los estadios con nombres claramente alusivos al sistema político; así fue con el estadio del Partido Nacional Fascista en Roma, el Mussolini en Turín, el Littorale en Bolonia, el Berta en Florencia y el Littorio en Trieste. Entre los equipos aspirantes a la victoria había que registrar una notable ausencia, la de Uruguay, poseedor del título, que oficialmente quiso devolver a Italia la moneda de la abstención de cuatro años antes, aunque en realidad la explicación tenía unos fundamentos más sólidos: el rechazo al régimen fascista y a la utilización política del evento. Hubo que lamentar también las medias abstenciones, a nivel calidad, de Argentina, que envió un equipo aficionado, y Brasil, que delegó su representación a una mayoría de jugadores de segunda fila. En cambio, todos los grandes del fútbol europeo estuvieron presentes, excepción hecha de los británicos, que todavía prefirieron no mezclarse con sus "alumnos" del resto del mundo; faltó también, como ya hemos comentado, Yugoslavia. Pero a Italia concurrieron el famoso Wunderteam ( literalmente "equipo maravilloso" ) austríaco, privado del célebre portero Rudi Hiden, pero con la presencia del llamado "Mozart del fútbol", Matias Sindelar; el equipo español, con Regueiro, Lángara, Gorostiza y el mundialmente famoso Ricardo Zamora; Hungría, con Sarosi, Toldi y Strenberg; Alemania, con Szepan y Conen; Checoslovaquia, con Svoboda, Nejedly y el gran rival de Zamora en los favores del público, el meta Planicka; Holanda, con Backuys y Smit; Suiza con Sechehaye, Minelli y el goleador Abbegglen III; Bélgica con Voorhoof; e Italia, que, junto a sus figuras autóctonas, Meazza, Monzeglio, Ferrari y Combi, alinearía el refuerzo de cuatro oriundos argentinos: Monti, Orsi, Guaita y De Maria. Por cierto que Luis Monti tuvo que marchar de la Argentina, tras la final de la primera Copa del Mundo, acusado de un intencionado bajo rendimiento. Al igual que otros jugadores argentinos, fue víctima de la excitación de los aficionados, que tardaron en conformarse. Así, Luis Monti fue despedido del San Lorenzo, su club, y obligado a colgar las botas. Después de dos años de inactividad y de haber caído en el olvido, en 1932 emigró a Italia fichado por la Juventus, debido a la insistencia de su cuerpo técnico. Varios países, incluida Francia, utilizaron posteriormente oriundos, beneficiándose de la doble nacionalidad, pero nunca este procedimiento se ha usado de manera tan masiva como lo hizo Italia en 1934. Vittorio Pozzo, el seleccionador de la squadra azzurra, fue en este sentido un precursor del "realismo"que ilustrará más tarde a los maquiavelos del catenaccio. En otras parcelas, el equipo italiano se beneficiaría, a lo largo del torneo, de otros sostenes no menos "realistas", aunque en este caso la responsabilidad no haya que cargarla a Pozzo. Pero ¿ quién era capaz de resistirse al dictador, que quiso dar a la competición el carácter político que conocemos y la controló personalmente, asistiendo a la mayor parte de los encuentros jugados en Roma y rodeado por un público cuidadosamente escogido y al que se encomendó un rol muy activo? Los organismos italianos se volcaron a favor de la Copa del Mundo y de sus organizadores y participantes. Los jugadores suplentes, y agregados gozaron de reducciones del 70% sobre la tarifa normal de los ferrocarriles, mientras que los miembros del Comité Ejecutivo de la FIFA y del Comité de Organización recibieron un pase de libre circulación. La dirección de Correos emitió sellos especiales referidos al torneo y el monopolio de tabacos puso a la venta cigarrillos "Copa del Mundo". La batalla española El 27 de mayo, Italia, Checoslovaquia, Alemania, España, Suiza, Suecia, Hungría y Austria superaron el primer obstáculo de octavos de final, no sin apuros para algunas de estas selecciones. Si por un lado el equipo de casa, Italia, había obtenido un tanteo fuerte ante Estados Unidos (7-1), así como Alemania ante Bélgica (5-2) y un marcador algo menor Hungría ante Egipto (4-2), Checoslovaquia, Austria, Suiza y Suecia tuvieron sus problemas para eliminar, respectivamente, a Rumania (2-1), Francia (3-2) y Argentina (3-2). El compromiso del equipo español ante Brasil (que había sido designado cabeza de serie), dirigido por el árbitro alemán Birlen en Génova, no fue difícil y el 3-0 que indicaba el marcador en el intermedio era suficientemente explícito de la superioridad hispana; luego, en la segunda parte, bajó el rendimiento español y los brasileños aprovecharon esta circunstancia para anotarse su gol, mediante una gran jugada de su estrella Leónidas, y forzar un penalty que Zamora anularía en una de sus grandes intervenciones. Al final de esta primera fase, tres cabezas de serie –Argentina, Brasil y Holanda- fueron eliminadas y quedaron para la siguiente ocho países europeos. Si la primera Copa del Mundo había contemplado un triunfo sudamericano, la segunda supondría una revancha del Viejo Continente. Así se llegó a los cuartos de final, en los que a España le tocaba enfrentarse, en el estadio Berta (hoy día Communale) de Florencia, a los jugadores de la selección italiana el 31 de mayo. El choque superó, en intensidad y fuerza física, todo lo visto hasta aquel momento en cualquier terreno de fútbol europeo. Sin duda se trató de una de las mayores epopeyas del balompié internacional, disputada bajo un calor tórrido y con una carga emotiva en la línea del carácter latino, que prendió tanto en los jugadores de ambos bandos como en los espectadores. Los dos porteros, Combi por Italia y Zamora por España, fueron los capitanes de sendas formaciones. El principio del partido favoreció al equipo español, que impuso su rapidez y su mayor serenidad ante unos italianos forzados a superarse por el clima chauvinista creado por un público chillón que exigía a sus colores el título mundial. De cualquier forma, muy pronto se equilibraron las fuerzas debido a la dureza con que se empleaban los defensores italianos, especialmente el oriundo argentino Monti, una auténtica pesadilla para los delanteros contrarios. A pesar de ello el primer gol fue favorable al equipo español gracias a un tiro de Luis Regueiro que culminó una cesión de Lángara. La reacción italiana fue terrible hasta la consecución del gol del empate que, a la postre, significó la obligación de disputar un segundo encuentro. Gol carente de toda legalidad, que fue obtenido por Ferrari aprovechando la carga de Schiavio sobre Zamora que el árbitro belga Louis Baert, superado por la dureza del juego italiano y por el ambiente, no se atrevió a señalar a pesar de haber consultado con uno de sus jueces de línea. La segunda parte del partido fue un calvario para los jugadores españoles, que tuvieron varios lesionados por la violencia de los italianos, que el árbitro ignoró sistemáticamente. Pero el 1-1 fue inamovible hasta el final de los noventa minutos reglamentarios y la prórroga consiguiente, en la que un balón lanzado por la delantera española fue a estrellarse en un palo de la meta italiana. El partido de desempate, jugado el día siguiente en el estadio San Siro de Milán, enfrentó a dos equipos agotados. En un saque de esquina lanzado por Orsi, Meazza consiguió el gol que sentenciaba el encuentro, puesto que los españoles, que no habían podido alinear a Zamora, Ciriaco, Fede, Lafuente, Lángara, Gorostiza e Iraragorri –siete jugadores, por cuatro italianos-, tuvieron desde el principio del partido el hándicap de la lesión del extremo izquierda Bosch, debido a la brutalidad del terrible Monti; lesión que sería seguida por las de Regueiro y Quincoces. El neo-italiano siguió su obra de destrucción hasta el final del torneo, ganándose la reprobación unánime de los observadores extranjeros. La eliminación española y, sobre todo, la forma como se había producido fue el tema principal de todos los comentarios de este segundo torneo mundial. Hay que añadir que el encuentro fue dirigido por el árbitro suizo Mercet de forma tan desastrosa que, posteriormente, sería sancionado por su propia federación. El hecho es que la doble confrontación hispano-italiana entró en la leyenda de la Copa del Mundo. Fue el punto culminante de la competición y dejó un recuerdo imborrable en el espíritu de cuantos pudieron asistir a ambos encuentros. La estrechez del resultado entre españoles e italianos fue la tónica general de los demás encuentros de cuartos de final: Checoslovaquia-Suiza (3-2), Alemania-Suecia (2-1) y Austria-Hungría (2-1). Suiza dominó en el marcador a los checos antes de inclinarse en los últimos momentos en un partido en el que Abbegglen III falló el empate a tres goles cuando parecía que los Suizos podían haber forzado la prórroga. Sólo dos grandes jugadas de Hohmann pudieron doblegar la resistencia de los suecos en el partido contra Alemania. Finalmente, si el extremo derecha húngaro Markos no hubiera sido expulsado en el momento en que la defensa austríaca flaqueaba ante el empuje magiar, los hombres de Hugo Meisl no hubieran podido evitar la eliminación ante Sarosi y sus compañeros. El final del Wunderteam La squadra azzurra, que de todas formas demostró su buen nivel técnico sin la necesidad de la presión de los espectadores ni del chauvinismo impuesto por el sistema, no llegó al final de sus penas tras la "batalla"sostenida con los españoles. En las semifinales su adversario fue Austria, que, pocos meses antes, le había infligido un duro 2-4 en la mismísima Italia. Pero el célebre Wunderteam ya no era mucho más que un recuerdo de aquel gran equipo de años anteriores. Los italianos sólo habían dispuesto de dos días para reponerse de las fatigas de su doble confrontación con España y, aunque el terreno de juego se presentaba excesivamente pesado debido a la lluvia caída antes del encuentro, dieron en todo momento la impresión de hallarse en mejor forma física que el conjunto austríaco. Como consecuencia de un saque de esquina, Guaita marcó el gol que representaba una victoria sin historia, porque Sindelar, vigilado esta vez por el amenazador Monti, sólo fue la sombra de aquel gran organizador de juego admirado en todos los terrenos de fútbol del continente. A pesar de la ausencia notable de Hiden, en la formación austríaca aparecían los nombres de jugadores importantes. Estaban Seszta, Smistik, Sindelar, Schall, Wagner y Urbanek; pero los Gschweidl, Wogtl o Blum ya no se encontraban presentes en suelo italiano y su ausencia tenía que notarse forzosamente. Paralelamente, en Roma, Checoslovaquia ganaba sin apuros el derecho de jugar la final a expensas de Alemania, al término de un encuentro falto de dinamismo y entusiasmo por parte germana. El primer gol checo fue el resultado de una magnífica serie de pases que Junek concluyó con un tiro tan potente que el portero alemán, Kress, no pudo bloquear el balón y Nejedly sólo tuvo que empujarlo al fondo de las mallas. Las cosas parecieron complicarse para los checos en el inicio de la segunda parte cuando Planicka no pudo detener un tiro de Noack, desde lejos, que se convirtió en el gol del empate; los apuros del meta checo, ante la gran presión de los alemanes, en aquellos primeros minutos del segundo tiempo, fueron tales que aconsejaron su sustitución por Ctyroky. Pero la alerta no duró mucho y Krcil yNejedly culminaron un final dominado por la fuerza de su equipo. Orsi, salvador de Italia Contra este equipo checo técnicamente superior y difícil de intimidar a base de argumentos físicos, los italianos no se sentían demasiado seguros en el momento de iniciarse la final, el 10 de junio, en el estadio del Partido Nacional Fascista de Roma, nombre que correspondía muy fielmente a la clientela del día. Este encuentro fue presenciado por 277 periodistas de 29 países y, por vez primera, se transmitió a un gran numero de naciones a través de la radio. En la tribuna oficial, Mussolini manifestaba con su actitud arrogante que acudía a presenciar una victoria del fascismo encarnado en la squadra azzurra. La totalidad de los funcionarios del partido, que componían la mayoría de los 45.000 espectadores presentes en el estadio y que habían tenido que pagar 60 liras por entrada, desde el inicio del encuentro intentaron llevar a su equipo hacia lo que constituiría su propia victoria con gritos de ¡Italia! Duce... ¡Italia! Duce. Italia abordó el encuentro con muchos nervios ante un equipo checo determinado a sustituir al fracasado Wunderteam austríaco en el favoritismo de los especialistas y que, con un juego muy ordenado, equilibraba la furia italiana: se llegó al fin de la primera parte con empate a cero. En la reanudación, ambos equipos, conscientes de que el tiempo a su disposición era ya escaso para seguir contemporizando, se emplearon a fondo, llevando el peligro, alternativamente, a ambas áreas entre los gritos de aliento del público a su selección. Cuando a veinte minutos del final del competido encuentro –dirigido por el árbitro sueco Eckling- Puc abrió el marcador como consecuencia de una jugada iniciada por Sobotka, los gritos de ánimo dirigidos hacia su equipo por el público italiano cedieron paso al silencio, primero, y a gritos desesperados de ¡Forza Italia! después. Felizmente para los espectadores, el argentino Orsi estuvo acertado al aprovechar un pase del también argentino Guaita y marcar el gol del empate tras una finta que engaño al portero Planicka. El cambio técnico de Pozzo, en el sentido de colocar a Guaita en el eje del ataque y a Schiavio en el ala derecha, había dado su fruto. La prórroga empezó mal para la squadra, porque Meazza se lesionó a consecuencia de un choque con Krcil. Abandonado en un ala, paradójicamente participó en un ataque llevado a cabo por Guaita que el calvo delantero centro Schiavio culminó con el gol de la victoria; fue un gol producto de la "energía de la desesperación", como su autor lo definió posteriormente. Italia había ganado por 2-1 entre el delirio del público y el saludo del Duce a su equipo con el brazo extendido. En el terreno de juego, el seleccionador Vittorio Pozzo, forjador del equipo que, en los años venideros, conquistaría la medalla de oro de los Juegos Olímpicos de 1936 y una segunda Copa del Mundo en 1938, caía literalmente al suelo por el empuje de sus jugadores entusiasmados por la victoria. En medio del tumulto, la estatuilla de oro que representaba la máxima aspiración para cualquier equipo pasaba de manos de la FIFA a las de Combi, el capitán vencedor, entre el grito unánime de ¡Duce! ¡Italia! Combi tomó el trofeo con la mano derecha en el mismo momento que un grupo de Camisas Negras muy susceptibles le acercaban la gigantesca copa de bronce ofrecida por Mussolini, en cuya base se podía leer Coppa del Duce. Obligado a honrar este nuevo trofeo con iguales atenciones que a la Copa Jules Rimet, Combi se vio obligado a hacer un gran esfuerzo para sostener con la mano izquierda aquel monumento al mal gusto a través del cual Mussolini quería marcar su paso por el mundo del fútbol. Con esta breve ceremonia en el mismo terreno de la final, acababa la segunda Copa del Mundo. Tres días antes, el 7 de junio, en el partido valedero para el tercer puesto que se jugaba por vez primera en un Mundial, Alemania se había impuesto con dificultades por 3-2 a Austria, en un encuentro sin historia entre dos equipos resignados con su papel de segundones. Una impresión de malestar A pesar del alto valor técnico de los equipos que se enfrentaron en suelo italiano en esta segunda edición del Mundial, a pesar también del éxito financiero de una competición que permitió repartir un beneficio de más de 1.440.000 liras entre la Federación organizadora y los equipos participantes, la Copa de 1934 dejó a los periodistas y observadores extranjeros un mal sabor de boca. Dejando aparte el chauvinismo de la prensa y del público italiano, moneda corriente en una manifestación de esta envergadura, todos notaban que esta magna manifestación había servido para la exaltación de un régimen que coartaba las libertades y la dignidad de sus ciudadanos. Evidentemente no era esto lo que habían soñado Guérin y Hirschmann, ni los millones de aficionados y deportistas que habían seguido las peripecias de la competición a través de las ondas. Y en estas condiciones era difícil rendir a los Meazza, Orsi, Guaita y Ferrari el homenaje sin restricciones que merecía su valor personal desde el punto de vista futbolístico y competitivo.
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