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I Campeonato "Uruguay 1930"

Ausencias a última hora

Definitivamente, Uruguay fue la sede de la primera Copa del Mundo de fútbol, aunque la mayor parte de los países que habían manifestado tanto entusiasmo en el Congreso de Barcelona un año antes se echaron atrás ante lo que consideraban como una aventura, especialmente por la duración del viaje a través del Atlántico.

Francia adujo la imposibilidad de hallar catorce o quince jugadores capaces de representar dignamente a su fútbol y que pudiesen gozar de las seis semanas de vacaciones necesarias para participar en el torneo mundial. Fue precisa toda la habilidad dialéctica del propio Jules Rimet para convencer personalmente a jugadores y directivos de que no se podía abandonar una empresa en la que Francia, representada por él mismo, había tenido tanto empeño en su creación y puesta en marcha. En la ausencia de España tuvo un peso determinante el informe del seleccionador José María Mateos, que consideraba el viaje a Montevideo impracticable por tres razones fundamentales: por un lado, el perjuicio económico que causaría a los clubs de los que se escogiesen jugadores; por otro lado, la imposibilidad de una concentración tranquila en suelo uruguayo, debido a los previsibles agasajos de que serían objeto; y, finalmente, por el cansancio del mismo Campeonato y del viaje de vuelta, que obligaría a retrasar los campeonatos regionales o a prescindir, en los primeros encuentros, de los jugadores seleccionados.

Se optó, pues, por no participar, a pesar de que, durante 1929 y 1930, la selección española había cosechado importantes triunfos que daban pie a un fundado optimismo; destacaron las victorias contra Portugal en Sevilla (5-0) y Oporto (0-1), contra Francia en Zaragoza (8-1), contra Inglaterra en Madrid (4-3), contra Checoslovaquia en Barcelona (1-0), y contra Italia en Bolonia (2-3).

Finalmente, pues, sólo cuatro equipos europeos tuvieron la valentía de afrontar una expedición que, en su momento, todos, a excepción de los británicos, habían aprobado; fueron Bélgica, Yugoslavia, Rumania y Francia.

El 5 de julio de 1930, el trasatlántico italiano Conte Verde entró en el puerto de Montevideo en medio de una enorme expectación derivada de la curiosidad de ver a futbolistas llegados de tan lejos para enfrentarse a los favoritos sudamericanos en esta primera confrontación de ámbito mundial. Desembarcaron los equipos de Brasil, Rumania, Francia y Bélgica a los que pronto se unió Yugoslavia, que hizo el viaje a bordo del Florida, un paquebote algo más lento. El Conte Verde había salido de Génova, ciudad en la que había embarcado el equipo rumano, cuyos componentes habían sido elegidos por el rey Carol personalmente tras varios problemas a nivel directivo y la poca disposición general a hacer un desplazamiento tan largo. El trasatlántico se había dirigido primero al puerto de Villefranche-sur-Mer, donde embarcaron los franceses, y luego a Barcelona para recoger a los belgas. Después, en su ruta hacia Montevideo, el Conte Verde hizo escalas en Lisboa, Madeira, Canarias, Río de Janeiro –puerto en el que recogió a los componentes de la selección brasileña- y Buenos Aires.

El viaje duró dos semanas y durante la travesía no acaeció ningún hecho reseñable. El paso de la línea ecuatorial se había celebrado con los festejos tradicionales, en los que tomó parte el mismo Jules Rimet y una hija que le acompaño en el viaje, aunque los futbolistas se quejaban de no haber podido entrenar normalmente debido a la falta de espacio en el puente y en el gimnasio de a bordo. En el equipaje de Rimet hizo también la travesía la estatuilla de oro que representaba la Copa del Mundo.

En Montevideo acogió a la expedición europea un clima dulce y el cariño de toda la población. Los jugadores fueron bien alojados y alimentados, y los directivos, encabezados por Rimet, se vieron en la obligación de asistir a los principales actos conmemorativos del centenario de la Constitución uruguaya como invitados de las máximas autoridades de la nación. Por cierto que los equipos americanos en general y el uruguayo en particular fueron sometidos, desde su primer día de estancia en Montevideo, a severas reglas de concentración.

Los jugadores uruguayos, alojados en un excelente hotel, tenían solamente unas horas determinadas para salir de él; el portero de la selección que había logrado los títulos olímpicos en París (1924) y Amsterdam (1928), Mazzali, decidió una noche eludir la vigilancia y pasar unas horas en su casa, pero, descubierto a la mañana siguiente cuando regresaba, fue excluido del equipo a favor del segundo meta, Ballesteros.

Distribución de los grupos:

Los organizadores aceptaron, para el desarrollo del torneo, laa fórmula de grupos eliminatorios que jugarían por el sistema de liga, clasificándose el primero de cada uno para las semifinales; uno de los grupos, debido a que el total de participantes era de trece, estaría compuesto por cuatro equipos.

Para la formación de los grupos, el Comité de organización tuvo en cuenta dos elementos: por un lado, mantener hasta el máximo el interés del campeonato; y por el otro, conceder a cada equipo, en la medida de lo posible, la posibilidad de ofrecer buenos partidos. La discusión fue laboriosa; imperó el criterio de no oponer en los primeros partidos a equipos cuyo valor conocido permitía prever que llegarían a los choques decisivos, y por lo tanto, debía evitarse su eliminación prematura.

Se coincidió fácilmente en que Uruguay, Brasil y Argentina eran, a priori, las selecciones que tenían más posibilidades de alcanzar la final. Para otorgar la cuarta cabeza de serie hubo divergencias entre los Estados Unidos y Paraguay, y al final se decidió emparejar a ambos equipos en la cabeza de su grupo. Apartir de este momento se llegó fácilmente a la siguiente composición de los cuatro grupos eliminatorios:

Grupo I: Argentina, Chile, Francia y México

Grupo II: Bolivia, Brasil y Yugoslavia

Grupo III: Perú, Rumania y Uruguay

Grupo IV: Bélgica, Estados Unidos y Paraguay

Todo a punto para el primer Mundial de fútbol

El capítulo del arbitraje también fue motivo de preocupación para los organizadores. Fueron seleccionados quince directores de juego: cuatro europeos –un francés, un rumano y dos belgas- y once americanos –entre ellos seis uruguayos-.

Para eliminar diferencias de criterio a la hora de aplicar las reglas, los árbitros fueron invitados a una corta concentración en la cual se intentóunificar los puntos de vista sobre algunas de las situaciones del juego más conflictivas: el fuera de juego, el golpe franco y el penalty, fundamentalmente. Se insistió en la necesidad de juzgar con severidad las jugadas susceptibles de aplicación de la pena máxima: la consigna fue entendida tan al pie de la letra por el boliviano Ulises Saucedo que en el encuentro Argentina-México (6-3) pitó nada menos que cinco penalties. Hubo otros varios excesos a propositó de los golpes francos y los fuera de juego, pero en realidad ningún incidente alteró de forma ostensible el desarrollo normal de la competición.

Sólo una sombra en una organización casi perfecta: el estadio Centenario, la instalación deportiva para 80.000 espectadores que Uruguay quiso construir en un tiempo récord de ocho meses para albergar la Copa del Mundo, todavía no estaba terminado en sus últimos detalles debido a que los trabajos fueron frenados por trece semanas de lluvias casi continuas y los primeros partidos tuvieron que jugarse en Pocitos, el campo del Peñarol, y en el Parque Central, feudo del Nacional. Hay que reconocer, sin embargo, que hubo muy poco tiempo para maniobrar desde el momento de la elección de Montevideo como sede del Mundial y que el hecho de tener prácticamente listo el estadio en sólo ocho meses era en sí ya una proeza. El costo total de las obras fue de un millón y medio de dólares.

Inauguración del Campeonato

Finalmente, ante una enorme expectación, el 13 de julio se inauguró el torneo con el encuentro Francia-México, correspondiente al grupo I. El partido finalizó con una cómoda victoria del equipo galo por 4-1 y entró en la historia de los Mundiales no sólo por haber sido el primero, sino porque el jugador Lucien Laurent, medio ala izquierda de los franceses, consiguió el primer gol del Campeonato a los diez minutos del choque; curiosamente este jugador terminó el partido como portero debido a una lesión del titular Thépot, encajando el único gol logrado por los mexicanos. Los aztecas terminarían como empezaron: sin lograr un solo punto.

En el grupo I, tal como apuntaban todas las previsiones, Argentina no tuvo serios problemas para clasificarse semifinalista. Unicamente Francia presentó seria batalla entre los gritos de aliento del público uruguayo, pero el equipo sudamericano logró la victoria a través de la consecución de un único gol como consecuencia de la transformación de un golpe franco a los 80 minutos del partido por obra del temible medio-centro Luis Monti. Las dificultades creadas por la rapidez y buenas combinaciones del equipo galo arreciaron a partir de la consecución del tanto argentino, pero cuatro minutos más tarde, cuando parecía que los franceses podían lograr el empate en un acoso continuado al área americana, el árbitro brasileño Almeido Rego pitó el final del partido seis minutos antes de los noventa reglamentarios, entre las protestas del equipo europeo y de un buen sector del público que deseaba la eliminación de los argentinos, puesto que intuía el peligro que representaban para las aspiraciones de Uruguay si lograba clasificarse. El hecho es que, tras la retirada de los dos conjuntos a los vestuarios, el terreno de juego fue invadido por los espectadores indignados, teniendo que intervenir la policía a caballo para despejarlo. Uno de los jueces de línea logró convencer al árbitro de su error y se tuvo que repescar a los jugadores de ambos equipos, que ya se encontraban cambiándose en los vestuarios. Pero, en la reanudación, aquel momento de inspiración francesa no tuvo ya continuidad y Argentina dio un paso decisivo para su clasificación, refrendada por las cómodas victorias conseguidas conta México (6-3) y contra sus vecinos de Chile (3-1).

Al final de aquel encuentro tan accidentado, el público llevó en hombros desde el terreno de juego hasta los vestuarios a los jugadores franceses Thépot y Pinel, que habían sido los héroes de la confrontación mientras coreaban el nombre de Francia. Los argentinos protestaron por este hecho ante el Comité de Organización e incluso amenazaron con retirarse.

En el partido contra Chile, se produjeron nuevos incidentes que provocaron, otra vez, la intervención de la policía para restablecer la calma, aunque al final ambos equipos se felicitaron deportivamente.

Uruguay y Argentina, Camino de la final

Uruguay alcanzó también las semifinales tras sendas victorias contra Perú (1-0) y Rumania (4-0), marcando su primer gol en este último encuentro el delantero Pedro Cea, que, al final, se convertiría en el segundo mejor realizador detrás del argentino Stábile. Precisamente el partido Uruguay-Perú, jugado el 18 de julio, día de la fiesta nacional uruguaya, sirvió para la fastuosa inauguración del estadio Centenario ante la presencia de las principales autoridades de la nación, encabezadas por su presidente, el doctor Juan Campístegui; el público, ansioso por asistir a este encuentro, llegó al estadio y se encontró una multitud que, no habiendo podido adquirir localidades, invadía literalmente los graderíos tras haber destrozado algunas puertas, aunque no hubo desgracias personales.

Por su parte, Yugoslavia fue el mejor de los cuatro equipos europeos presentes en la competición y accedió a las semifinales a través de una victoria difícil ante Brasil (2-1) y una fácil ante Bolivia (4-0). En el conjunto yugoslavo destacaron Beck y Stefanovic –ambos jugadores en la liga francesa y el segundo reciente ganador de la Copa gala en las filas del FC Séte- y Sekoulic, ganador tambien de la copa francesa con el Montpellier.

Finalmente, en el grupo IV, sorprendió el buen fútbol practicado por los Estados Unidos, fáciles vencedores de Bélgica y Paraguay por idéntico resultado de 3-0. Los belgas, que no marcaron ningún gol en sus dos encuentros y encajaron cuatro, se arrepintieron de haber dejado marchar a su gran figura, Raymond Braine, pocos meses antes del torneo; Braine fue acusado de profesionalismo en su país y, amargado, se expatrió a Checoslovaquia, donde se convirtió en el jugador más destacado del Sparta de Praga.

Las semifinales

Las semifinales se disputaron cuatro días después de acabar la fase de clasificación, para proporcionar un buen descanso a los cuatro equipos supervivientes. El último de los representantes europeos todavía en liza, Yugoslavia, no ofreció una resistencia seria a su oponente, Uruguay. El 27 de julio, en el estadio Centenario lleno a rebosar, Sekoulic dio unos momentos de ilusión a la expedición de su país y un sobresalto a los espectadores marcando un espléndido gol en el minuto cuatro del partido. Lamentablemente para su equipo, la réplica uruguaya fue terrible: tres goles de Cea, dos de Anselmo y uno de Iriarte dieron fin a la aventura europea en este primer Mundial.

Seis a uno fue igualmente el resultado que, un día antes, Argentina infligió a los Estados Unidos, que no habían dudado en construir la base de su equipo alrededor de varios veteranos profesionales escoceses – entre ellos destacaban Wood, Gallacher, Brown y Mac Ghee-, volviendo a utilizar una fórmula que había dado un resultado excelente ante Bélgica en la fase de clasificación. Los belgas, no se conoce por que razones, se habían privado voluntariamente de sus dos mejores elementos, Bastin y Van Halme, pero ante Argentina al completo los norteamericanos no podían pensar en la victoria. Un gol de Monti abrió el camino hacia la red del portero Douglas; camino que Scopelli, Stábile (2) y Peucelle (2) aprovecharon para redondear el resultado hasta media docena de goles. El extremo escocés James Brown marcó el gol del honor del equipo yanqui.

La final: Uruguay salva "su" Mundial

La final Uruguay-Argentina – reedición de la de los Juegos Olímpicos de Amsterdam dos años antes, que habían ganado los uruguayos- fue la que todo el Río de la Plata esperaba desde el momento en que Montevideo asumió la organización de la Copa. Decenas de miles de espectadores abarrotaban los amplios graderíos del estadio Centenario el 30 de julio, día de esta cita culminante del fútbol mundial. Entre ellos se incluían 15.000 argentinos de los 30.000 que habían desembarcado en Montevideo, tras cruzar el río en multitud de embarcaciones de todo tipo, y habían invadido las tranquilas calles de la capital gritando ¡ Argentina sí! ¡ Uruguay no! Y ¡ Victoria o muerte!, entre otros slogans.

Curiosidades en torno a la final

Vario accidentes tragicómicos marcaron aquellas "patrióticas" travesías del Río de la Plata.

Algunas embarcaciones tuvieron que detenerse en plena noche debido a la niebla y cuando llegaron a los muelles el partido ya había terminado. Por otro lado, la mayoría de los espectadores argentinos llegaron al estadio afónicos y ateridos, debido a los gritos y a la travesía nocturna en barco, después de haber sido cacheados por los aduaneros y policías que tenían la orden de que "ni un solo revólver argentino debe entrar en Uruguay".

Para que la mayoría de los aficionados argentinos pudiera cruzar el Río de la Plata durante la noche previa a la final, Argentina había solicitado embarcaciones al gobierno de Uruguay, aunque este, a la hora de la verdad, sólo puso diez a su disposición; como el número era insuficiente, los aficionados solicitaron más y el gobierno argentino tuvo que esforzarse en encontrar el mayor número posible para que un buen contingente de compatriotas pudiera animar a su selección en el partido decisivo.

Esta situación aconsejó al árbitro de la final, el afamado colegiado belga John Langenus, que ejercía también como periodista en el semanario alemán Kicker, exigir precauciones policiales excepcionales, justificadas por el nerviosismo de la masa, que tomó al asalto el estadio, y por la controversia suscitada por los argentinos a propósito de la elección del balón. Resulta que cada equipo quería jugar la final con su propio balón, aduciendo Uruguay como argumento de peso que el encuentro se jugaba en terreno propio y por tanto era lógico que la pelota fuera también propia. John Langenus resolvió las diferencias penetrando en el terreno de juego con un balón de cada equipo y decidiendo, mediante el lanzamiento de una moneda al aire, cuál era la pelota con la que se jugaría. La suerte favoreció a los argentinos. Hay que precisar, finalmente, que Langenus no fue autorizado a dirigir la final hasta mediodía, tres horas antes de empezar el partido, después de que una delegación de dirigentes europeos hubiera obtenido garantías de los organizadores sobre su seguridad personal.

Después de jugarse la final sin que su integridad física peligrara en ningún momento, el árbitro belga salió del estadio protegido por la policía y se hizo llevar al puerto para embarcar en el transatlántico Duilio de regreso a Europa.

La "celeste" gana la I Copa del Mundo

A pesar de los presagios, el partido se desarrolló sin grandes incidentes, aunque en el descanso los argentinos dominaban por 2 a 1, gracias a sendos goles de Peucelle (20 minutos) y Stábile, que habían superado el hándicap inicial del gol logrado por el extremo derecha local Dorado en el minuto 12; Nasazzi, el capitán de la formación uruguaya, protestó violentamente la legalidad del segundo tanto argentino, pretendiendo que Stábile había arrancado en posición de fuera de juego; los espectadores uruguayos apoyaron ruidosamente durante unos minutos las exigencias de su jugador antes de volver a la tranquilidad. Diez minutos después de la reanudación del encuentro, Pedro Cea logró igualar el marcador, culminando una extraordinaria jugada individual; y, entre el entusiasmo general, tras una jugada iniciada por el defensa Mascheroni y continuada por Héctor Scarone, el extremo izquierda uruguayo Iriarte puso a su equipo en ventaja (3-2 a los 68 minutos); finalmente, Héctor Castro, apodado "el Manco" porque había perdido su mano derecha en un accidente, consolidó la victoria con el definitivo 4-2.

Los jugadores argentinos aceptaron deportivamente la derrota, alineándose con sus vencedores ante la Torre de los Homenajes que domina el estadio y asistiendo al traspaso de la estatuilla de oro de las manos de Jules Rimet a las del victorioso capitan Nasazzi. Por su parte, si en un primer momento los espectadores argentinos no reprimieron su mal humor ante la evidencia de haber fallado una vez mas en un torneo mundial, lanzando al terreno de juego cuantos objetos tenían a su alcance, luego se sumaron al homenaje a unos vencedores justos. La aportación del calor y el animo de los espectadores argentinos a su selección fue comentada posteriormente por Luis Monti, lamentando que no hubieran podido llegar a Montevideo, y concretamente al estadio, mas compatriotas: "Nos faltó el apoyo de millares de argentinos que no pudieron llegar a tiempo porque la niebla retrasó la llegada de los barcos fletados para acudir a Montevideo".

I Campeonato "Uruguay 1930"

El declive uruguayo

El equipo uruguayo, ganador incontestable, no mostró la autoridad y la categoría exhibidas en sus dos anteriores triunfos olímpicos de París y Amsterdam. Scarone, Cea, Andrade y Nasazzi, que integraron la base del equipo, habían envejecido y el viento de la derrota había soplado sobre la invencible "celeste" durante todo el primer tiempo de aquella primera final mundial; aun asi, Cea, jugando como interior izquierdo, logro a la postre convertirse en el segundo artillero del torneo en lugar de Petrone, que ocupaba el puesto del clasico delantero centro goleador. Sólo gracias a una voluntad superior y a la ventaja ofrecida por el terreno propio, se habia podido colmar la desventaja del marcador en un segundo tiempo arrollador.

Pero muchos comenzaron a pensar que la supremacía uruguaya se habia vuelto muy precaria.

A pesar de ello la "celeste" llego a la final del torneo no solo contando como victoria cada uno de sus partidos, sino que se mostró como el conjunto mas regular de la competición, con quince goles marcados (cifra sólo inferior a la de Argentina, que jugó un encuentro mas) y solo tres encajados.

Curiosamente esta primera edición de la Copa del Mundo fue la única que no se registraron empates: los 18 partidos del torneo representaron otras tantas victorias y derrotas. También por primera y única vez, la fase final no estuvo precedida de eliminatorias previas y se jugo exclusivamente en una sola ciudad.

Ruptura futbolistica en el epílogo

Fuera del terreno de juego, en la calle, donde todo Montevideo festejó la victoria de su equipo –festejos que se prolongaron el día siguiente de la final al ser proclamado oficialmente fiesta nacional-, y en el puerto, donde la sirena de los barcos pusieron un contrapunto al clamor popular, la alegría de la mayoría chocó con el despecho de los que habían acudido desde la otra orilla del Río de la Plata esperando el triunfo de sus colores.

Los aficionados argentinos acusaron a los jugadores uruguayos de brutalidad y juego sucio y al arbitro de parcialidad por haber permitido toda clase de excesos antideportivos en el encuentro final. Estas acusaciones, alimentadas por la fantasía popular y por el disgusto de la derrota, franquearon rápidamente el Río de la Plata y en Buenos Aires la policía se vio obligada a disparar contra una manifestación que intentó asaltar la embajada uruguaya en aquella ciudad. Estos incidentes provocaron la ruptura de relaciones entre las federaciones futbolisticas de ambos países y estuvieron cerca de romper tambien las diplomáticas.

 

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